Capítulo 16


La hermosa niña de los cabellos azules hace recoger el muñeco; le mete en la cama, y manda llamar a tres médicos para saber si está vivo o muerto.

En el momento en que el pobre Pinocho, colgado por los ladrones en una rama de la Encina grande, parecía más muerto que vivo, la hermosa niña de los cabellos azules apareció de nuevo en la ventana. Y compadecida de aquel infeliz, que colgado por el cuello se columpiaba movido por el viento, dio tres palmaditas con las manos.

A los pocos instantes se oyó un rápido batir de alas, y apareció un milano muy grande, que vino a posarse en el antepecho de la ventana.

—¿Qué quieres de mí, hermosa Hada?— dijo el milano inclinando el pico en señal de respeto, porque habéis de saber que la niña de los cabellos azules no era, en fin de cuentas, más que una bonísima Hada, que hacía más de mil años que vivía en aquel bosque.

—¿Ves aquel muñeco que está colgado de una rama de la Encina grande?

—Lo veo.

—Pues bien: vete allí en seguida, volando; corta con tu fuerte pico la cuerda que le tiene suspendido en el aire, y con mucho cuidado le colocas tendido en la hierba al pie de la Encina.

Salió volando el milano, y a los dos minutos estaba ya de vuelta, diciendo:

—Ya está hecho lo que me has ordenado.

—¿Y cómo le has encontrado? ¿Vivo o muerto?

—A primera vista parecía muerto; pero no debe de estar aún muerto del todo, porque apenas he aflojado el nudo corredizo que le apretaba la garganta, ha lanzado un fuerte suspiro y ha dicho en voz baja: ¡Ahora me siento mejor! Entonces el Hada dio otras dos palmadas, y apareció un magnífico perro de lanas, que andaba sobre las patas de atrás completamente derecho, como si fuera un hombre.

Estaba vestido como un cochero, con librea de gala. Llevaba en la cabeza un tricornio galoneado de oro; una peluca rubia, con rizos que colgaban hasta el cuello; una casaca de color de chocolate, con botones de brillantes y con dos grandes bolsillos para guardar los huesos que su ama le daba para comer; unos calzones cortos de terciopelo carmesí, medias de seda y zapatos escotados. Detrás llevaba una especie de funda de paraguas, hecha de raso azul, que le servía para meter el rabo cuando el tiempo amenazaba lluvia.

—Oyeme, mi buen Sultán— dijo el Hada al perro de lanas—. Haz enganchar en seguida la mejor de mis carrozas, y toma el camino del bosque. Cuanda llegues bajo la Encina grande, encontrarás tendido sobre la hierba un pobre muñeco medio muerto. Recógele con cuidado, le colocas bien en los almohadones de la carroza y le traes aquí. ¿Has comprendido?

El perro de lanas meneó tres o cuatro veces la funda de raso azul, como dando a entender que había comprendido, y salió a escape.

Al poco tiempo se vio salir de la cochera una hermosísima carroza azul celeste, almohadillada con plumas de canario y tirada por cien parejas de conejitos de Indias, blancos, con los ojitos encarnados, llevando sentado en el pescante al perro de lanas, que hacía. chasquear el látigo a derecha e izquierda, como los cocheros:cuando temen llegar tarde.

No había pasado un cuarto de hora cuando regresó la carroza, y el Hada, que estaba esperando a la puerta de la casa, cogió en brazos al pobre muñeco, y conduciéndole a una habitación pequeñita que tenía las paredes de nácar, mandó llamar a los médicos más famosos del contorno.

Y llegaron los médicos, uno detrás de otro: un cuervo, un mochuelo y un grillo-parlante.

—Quisiera saber, señores— dijo el Hada volviéndose hacia los tres médicos reunidos junto a la cama de Pinocho—, si este desgraciado muñeco está vivo o muerto.

¡Al oír esta pregunta se adelantó primero el cuervo, y le tomó el pulso; después le tocó la nariz y el dedo meñique del pie izquierdo, y cuando le hubo examinado bien, pronunció solemnemente estas palabras:

—Yo opino que el muñeco está completamente muerto; si por fortuna no estuviese muerto, entonces sería señal indudable de que estaba vivo.

—Siento mucho no ser de la misma opinión de mi ilustre amigo y colega el cuervo— dijo a su vez el mochuelo—; yo opino que el muñeco está vivo y bien vivo; pero si por desgracia no lo estuviese entonces sería señal indudable de que estaba muerto.

—¿Y usted qué dice?— preguntó el Hada al grillo-parlante.

—Yo creo que el médico prudente, cuando no sabe qué decir, lo mejor que puede hacer es permanecer callado. Por lo demás, este muñeco no me es desconocido: hace ya tiempo que le conozco.

Pinocho que había permanecido hasta aquel momento como un tronco, tuvo un estremecimiento que hizo mover la cama.

—¡Este muñeco— continuó diciendo el grillo-parlante— es un granuja incorregible!

Pinocho abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos en el acto.

—¡Es un galopín, un holgazán, un vagabundo!

Pinocho escondió la cara entre las sábanas.

—¡Un hijo desobediente, que hará morirse de pena a su pobre padre!

En aquel momento se sintió en la habitación rumor de llanto y de sollozos.

Levantaron el embozo de la sábana y se encontraron con que era Pinocho el que lloraba.

—Cuando el muerto llora, es señal de que está en vías de curación— dijo solemnemente el cuervo.

—Siento mucho contradecir a mi ilustre amigo y colega— replicó el mochuelo—. Yo creo que cuando el muerto llora es señal de que no le hace gracia morirse.

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