Capítulo 25


Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar.

Al principio la mujercita negaba que fuese el Hada de los cabellos azules; pero después, viéndose descubierta y no queriendo continuar más tiempo la comedia, terminó por darse a conocer, y dijo a Pinocho:

—¡Bribón de muñeco! ¿Cómo has podido acertar que era yo?

—¡Es por lo mucho que te quiero!

—¿Te acordabas de mí? Me dejaste siendo niña, y ahora me encuentras hecha una mujer; tanto, que pudiera servirte de mamá.

—Y yo me alegro mucho, porque en vez de hermanita te llamaré mamá. ¡Hace tanto tiempo que deseaba tener una mamá como los demás niños!

—La tendrás si sabes merecerlo.

—¿De veras? ¿Qué puedo hacer para merecerlo?

Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un niño bueno.

—¿Es que no lo soy?

—No, no lo eres. Los niños buenos son obedientes; pero tú…

—Yo no obedezco nunca.

—Los muchachos buenos tienen amor al estudio y al trabajo; pero tú…

—Yo, en cambio, estoy todo el año hecho un holgazán y un vagabundo.

—Los niños buenos dicen siempre la verdad.

—Y yo digo mentiras.

—Los niños buenos van con gusto a la escuela.

—Y a mí la escuela me da dolor de cabeza. Pero de hoy en adelante quiero
cambiar de vida.

—¿Me lo prometes de verdad?

—¡Lo prometo! Quiero ser muy bueno y quiero ser el consuelo de mi papá

¿Donde estará a estas horas mi pobre papá?

No lo se.

—¿Tendré aún la suerte de volver a verle y de abrazarle?

—Creo que sí, pero no estoy segura.

Tal contento causó a Pinocho esta respuesta, que tomó las manos del Hada y comenzó a besarla entusiasmado. Después levantó la cabeza, y mirándola cariñosamente preguntó:

—Dime, mamita: ¿verdad que no te habías muerto?

—Por lo visto…— respondió el Hada sonriendo.

—¡Si supieras qué dolor tan grande sentí al leer: “Aquí yace…”!

—Ya lo sé, y por eso te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me hizo conocer que tenías buen corazón, y cuando un niño tiene buen corazón se puede esperar algo de él, aunque sea un poco travieso y revoltoso; es decir, se puede esperar que vuelva al buen camino. Por eso he venido a buscarte hasta aquí. Yo seré tu mamá…

—¡Oh, qué bien!— gritó Pinocho saltando de alegría.

—Tú me obedecerás, y harás siempre lo que te diga.

—¡Todo, todo, todo y muy contento!

—Desde mañana irás a la escuela— continuó el Hada.

Pinocho se puso un poco menos alegre.

—Después escogerás el oficio que te parezca.

Pinocho se puso serio.

—¿Qué murmuras entre dientes?— preguntó el Hada con acento de disgusto.

—Decía…— balbuceó el muñeco a media voz—que ahora ya me parece algo tarde para ir a la escuela.

No, señor. Para instruirse y aprender, nunca es tarde.

—Pero yo no quiero aprender ningún oficio.

—¿Por qué?

—Porque el trabajo me cansa mucho.

—Hijo mío— dijo el Hada—, los que piensan de ese modo acaban siempre en la cárcel o en el hospital. Todo hombre, nazca pobre o nazca rico, está obligado en este mundo a hacer algo, a tener una ocupación, a trabajar. ¡Ay del que se deje dominar por la pereza! La pereza es una enfermedad muy grave y muy fea, y hay que curarla siendo niño, porque cuando se llega a ser mayor ya no tiene cura.

Estas palabras causaron gran impresión en Pinocho, que levantando vivamente la cabeza, dijo al Hada:

—Yo estudiaré, trabajaré y haré todo lo que me digas, porque te quiero mucho, y porque tú tienes que ser siempre mi mamá.

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