XXI - TIO CONEJO Y EL YURRO


Cuentos de mi Tía Panchita

Allá en un verano, todos los rios se secaron y sólo quedo un yurro con una miseritica de agua. Allí iban todos los animales a beber.

Pero tío Tigre, como era tan gallote, se hizo gato bravo con el yurro y se fue a vivir a sus orillas. Así cogía dos colmenas en un solo palo porque bebía cuando tenía sed y a cuanto animal llegaba, le echaba traca y se lo zampaba sin más aquellas.

Los pobres animales estaban que no hallaban para dónde coger. Un día se reunieron para ver que hacian. Unos decían que así, otros que asá, Y por fin aquello se volvió una merienda de negros.

Entonces tio Conejo se puso medio a medio y les dijo:

–¿Cuánto me dan y les quito a tío Tigre del yurro?

No seas rajón –le contestaron–. ¿Que vas a poder vos? Mejor callate.

¡Si, mejor callate! … Pues ai vamos a ver.

Y se fue, y los demás se quedaron, “si creemos, si no creemos”

Bueno pues tio Conejo llegó donde una viejita conocida suya, y le pidió prestado un gran jicarón que tenia por ahí rodando. La viejita se lo prestó. Enseguida se fue a buscar un gran panal de jicote barcino que él habia visto, y cuando lo encontró, lo hurgó con un palo y le abrió tamaño hueco. La miel comenzó a chorrear y se hizo un pocerón en el suelo. Entonces tío Conejo se revolcó en un hojarascal. Se volvió a revolcar en la miel y luego en el hojarascal, hasta ponerse de este tamaño.

Y ¡ah figura la que quedó! ¡Hubieran visto ustedes!

Luego se puso a dar brincos y las abejitas que estaban furiosas alrededor del panal, se asustaron tanto, que salieron volando a pito y caja y fueron a escorar quién sabe dónde.

Tio Conejo le hizo un agujerito a la jícara, se la escondió entre las hojas con el hocico metido en ella y se puso a dar unos aullidos tan feos, que ¡Ave María!

–¡Uh! ¡uuuu! ¡Oh! ¡oooo!

Y las hojas le hacían: ¡chis! ¡chas!, al moverse.

Entonces se fue al yurro.

Todos los animales que lo encontraron en el camino quedaron sin habla, con la lengua arrollada y a los más poquiticos les dio una descomposición y ganas de ir allá afuera.

–¡Uh! ¡uuuuu! ¡Oh! ¡ooooo! ¡chis! ¡chas!

¡Jesús, Maria y José! Si tenían razón. ¡Jamás de los jamases se había visto nada tan horrible, ni que hiciera tan feo!

Tío Tigre estaba echando un sueñito, pero aquel ruidal lo despertó. Se espabiló bien y se enderezó a poner cuidado–. ¡Hummm! ¡No me gusta ese ruido! …

Y se puso erizo.

¡En esto apareció aquello!

–¡Uh! ¡uuuuu! ¡Oh! ¡ooooo! ¡chis! ¡chas!
¡Soy el Hojarascal del Monte! Se me quisieron oponer cinco leones y me los comí. Se me quiso oponer un elefante y me lo comí. ¡Pobre de quien se me oponga!

Por supuesto, que semejante animal con esa voz saliendo de un jicarón, puso a tío Tigre que un sudor se le iba y otro se le venía.

Tío Conejo se paró frente a tío Tigre y le preguntó con desprecio:

¿Quién sos?

Tío Tigre se le arrodilló:

–Soy tio Tigre, y si su Sacra Real Majestad quiere, puedo ir a barrerle su solarcito.

Yo no soy Sacra Real Majestad, sino el Hojarascal del Monte y si tuvieras que barrer mi solar, tendrías que barrerme toda la montaña porque toda la montaña es mía. ¿Y qué estás haciendo aqui?

Pues nada, señor don Hojarascal del Monte, es que vine a echarme un trago de agua.

–Ajá, ¿con que esas tenemos? ¿Con que has venido a ensuciarme mi yurro? ¡Ahorita verás!

–¡No me haga nada, señor don Hojarascal del Monte, por vida suyita!

Pues te me quitñs de aquí ya, va, si no querís que salga de vos ahora mismo; y cuidadito con volver a asomar la nariz por aquí, porque te va a saber feo. Este yurro es mío y pedile a Dios que no me arrepienta de dejarte ir.

Tío Tigre se las pintó sin esperar segundas razones y creyó que ese día había nacido por segunda vez.

Así que tío Conejo tanteó que el otro iba largo, se quito la jícara, se acercb al yurro y bebió cor cor de aquella agüita tan fresca, todo lo que le dio la gana. Después se revolcó bien en la corriente para quitarse la miel y las hojas y cuando quedó como antes, se puso en busca de los demás animales. Los halló y les dijo:

–Bueno, ahora sí, manada de inútiles vavan a beber agua, ya está todo arreglado. ¡Y síganme comiendo por detrás!

Los otros no querían creer, pero mandaron a tío Yigüirro a que se diera una asomadita.

Tío Yigüirro fue y les vino a decir que no se veía por el yurro nada de tío Tigre. Entonces los animales corrieron a quitarse la sed.

Cuando tío Conejo los vio bebiendo agua muy a gusto, le dio colerita y les gritó: -¡Eso es, así es como les gusta a ustedes todo, sinvergüenzones, a mama sentada! ¡Otra vez cojan cacho!

Y se fue muy enojado.

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