CAPÍTULO XXXIII


Convertido Pinocho en un pollino verdadero, es llevado al mercado de animales y comprado por el director de una compañía de titiriteros para enseñarle a bailar y a saltar por el aro.



Viendo que la puerta seguía cerrada, el hombrecillo la abrió de una fuerte patada, y entrando en la habitación, dijo con su eterna sonrisa a Pinocho y a Espárrago:

-¡Bravo, muchachos! ¡Rebuznáis perfectamente! Os he reconocido en la voz, y por eso he venido.

Al oír estas palabras, ambos pollinos se quedaron como atontados, con la cabeza caída, las orejas bajas y el rabo entre piernas.

Inmediatamente, el hombrecillo los acarició pasándoles la mano por el lomo, y después, sacando una bruza, empezó a cepillarlos perfectamente, hasta que a fuerza de bruzar les sacó lustre como si fueran dos espejos. Entonces les puso la cabezada y los condujo al mercado de ganados, con la esperanza de venderlos y obtener una buena ganancia.

No tardaron en presentarse compradores. Espárrago fue adquirido por un labrador, al cual se le había muerto un borrico el día anterior, y Pinocho fue vendido al director de una compañía de titiriteros, que lo compró para amaestrarlo y hacerle saltar y bailar con los demás animales de la compañía.

¿Habéis comprendido ya, mis queridos lectores, cuál era el verdadero oficio del hombrecillo? Pues aquel terrible monstruo, que tenía siempre cara de risa, se iba de vez en cuando a correr por el mundo con su coche, y con promesas y halagos recogía a todos los muchachos holgazanes y traviesos que odiaban a los libros y la escuela, y después de meterlos en su coche los conducía a "El País de los Jugutes" para gue pasaran todo el día en retozar y en divertirse. Cuando, algún tiempo después, aquellos pobres muchachos, a fuerza de no pensar más que en jugar, se convertían en pollinos, entonces se apoderaba de ellos con gran satisfacción y los llevaba para venderlos en ferias y mercados. Y de este modo había conseguido ganar en pocos años tanto dinero que era millonario.

No sé deciros lo que fue de Espárrago; pero os diré, en cambio, que el pobre Pinocho tuvo desde el primer día una vida dura y cruel.

El nuevo dueño le llevó a una cuadra y le llenó el pesebre de paja; pero apenas probó un bocado, Pinocho la escupió haciendo gestos de desagrado.

Entonces el dueño, aunque refunfuñando, quitó la paja del pesebre y llenó éste de heno, pero tampoco el heno le agradó a Pinocho.

-¡Ah! ¿Conque tampoco te gusta el heno? -gritó el dueño lleno de cólera-. ¡No tengas cuidado, que yo te acostumbraré a no ser tan caprichoso!

Y le dio en las ancas un tremendo latigazo.

El dolor hizo a Pinocho llorar y rebuznar, diciendo:

-¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Yo no puedo comer paja!

-¡Pues, entonces, come heno!- replicó el dueño, que entendia perfectamente la lengua de los burros.

-¡Hi-hooó! iHi-hooó! ¡El heno me da dolor de barriga!

-¿Te habrás creído, sin duda, que a un burro como tú le voy a dar de comer jamón en dulce y perdices trufadas!- gruñó el dueño, encolerizándose cada vez más y dándole otro latigazo.

Al sentir esta segunda caricia se calló Pinocho y no dijo una palabra más.

Salió el dueño y le cerró la cuadra, quedándose solo Pinocho; y como hacía ya muchas horas que no h~bía comido nada, comenzó a bostezar de hambre, abriendo tanto la boca que parecía la de un horno.

Al fin, viendo que en el pesebre no encontraba otra cosa que heno, se resignó a tomar un poco, y después de masticarlo bien cerró los ojos y lo tragó.

-¡No es malo este heno!- pensó en su interior, después de haberlo tragado-. Pero, ¡cuánto mejor no hubiera sido haber continuado yendo a la escuela! ¡En vez de heno, estaría comiendo a estas horas un buen pedazo de pan con queso! ¡Paciencia!

Cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue buscar un poco de heno en el pesebre; pero no encontró nada, porque se lo había comido todo la noche anterior.

Entonces tomó un bocado de paja, y mientras la mascaba tuvo que convencerse de que el sabor de la paja no se parecía en nada al del arroz a la valenciana ni al de los pasteles de hojaldre.

-¡Paciencia !- repitió mientras seguía masticando-. ¡Ojalá que mi desgracia sirva cuando menos de lección provechosa a todos los niños desobedientes que no quieren estudiar! ¡Paciencia y paciencia!

-¡Qué paciencia ni qué narices!- chilló el dueño entrando en la cuadra-. ¿Te has creído, burro del diablo, que yo te he comprado únicamente para darte de comer y de beber! ¡Te he comprado para que trabajes y me ganes dinero! ¡Conque ya lo sabes; mucho ojo! ¡Ahora mismo vienes conmigo al circo para aprender a saltar por el aro y a bailar el vals y la polka puesto de pie sobre las patas de atrás!

Quieras que no quieras, el pobre Pinocho tuvo que aprender todas estas habilidades y otras más; pero le costó tres meses de aprendizaje y una colección de palizas formidables: ¡Pobre Pinocho! ¡Qué arrepentido estaba de su holgazanería!

Llegó, por último, el debut de Pinocho-borrico. En todas las esquinas aparecieron grandes cartelones de colores, que decían así:

Podéis figuraros cómo se hallaría el circo aquella noche: lleno de bote en bote desde una hora antes de empezar el espectáculo. Ni a peso de oro se podía encontrar una butaca, ni un palco, ni siquiera una entrada general.

Todas las localidades estaban atestadas de niños y niñas de todas clases y edades, impacientísimos por ver bailar al famoso burro Pinocho.

Concluída la primera parte del espectáculo, se presentó el Director de la compañía vestido de frac rojo, pantalón blanco y botas de montar con grandes espuelas, y haciendo una gran reverencia, recito, con voz solemne y campanuda, el siguiente discurso:

«Respetable público:

Señoras y señores: El humilde orador que tiene el honor de hablaros, estando de paso en esta capital, no ha podido menos de presentaros un espectáculo que seguramente os gustará mucho. Porque este inteligente auditorio estoy seguro de que ha de celebrar como merece a mi célebre pollino, que va ha tenido el honor de bailar en todas las principales Cortes de Europa.

Por lo cual os doy millones de gracias a cada uno, y espero vuestros aplausos y vuestra venevolencia.

He dicho».

Este discurso fue acogido con grandes aplausos; pero los aplausos se redoblaron y el entusiasmo rayó en delirio, cuando se hizo la presentación del burro Pinocho, vestido de gran gala. Llevaba unas bridas de charol, con hebillas y broches de latón, dos camelias blancas en las orejas, la crin y la cola trenzadas y adornadas con cordones y flecos de seda rosa y lazos de terciopelo azul, y a modo de cincha, una gran faja recamada de oro y plata. En suma, que estaba para enamorar a cualquiera.

La presentación fue hecha por el Director con las siguientes palabras:

«Respetable público:

Presento a mi famoso e incomparable pollino Pinocho, el más sabio y artista de todos los burros, cazado a lazo por mí mismo cuando corría salvaje por las llanuras de la Patagonia.

Los más célebres bailarines no pueden compararse con mi pollino Pinocho. Lo baila todo, y todo bien. Vedle, si lo merece, apladidle.

He dicho».

Al terninar este segundo discurso hizo el Director otra profundísima reverencia, y volviéndose después al burro, le dijo:

-¡Animo, Pinocho! ¡Antes de dar principio a tus maravillosos ejercicios, saluda cortésmente al respetable público.

El obediente Pinocho se arrodilló en el acto, y así permaneció hasta que el Director, restallando la fusta, gritó:

-¡Al paso!

Entonces el borriquillo se enderezó sobre sus cuatro patas, y empezó a dar vuelta al circo con paso lento.

Poco después gritó el Director:

-¡Al trote!- Y Pinocho obedeció la orden, cambiando el paso por el trote.

-¡Al galope!- Y Pinocho marchó con airoso galope.

-¡A la carrera!- Y ya entonces Pinocho salió disparado.

Pero en el momento en que llevaba la velocidnd de un automóvil de cuarenta caballos, alzó el Director el brazo y descargó al aire un tiro de pistola.

Al oír el tiro, fingiendo el burro que estaba herido, cayó en la arena y empezó a temblar como si estuviese en las convulsiones de la agonía.

Todo el circo estalló en una explosión de aplausos y de gritos, que debieron de oírse en las estrellas. En tanto, Pinocho abrió un poco los ojos para mirar en torno suyo, y vio en un palco una señora que tenía al cuello una gruesa cadena de oro, y pendiente de ella un medallón con el retrato de un muñeco.

-¡Ese retrato es el mío! ¡Esa señora es mi Hada!- se dijo en el acto Pincho, y, dominado por la alegría, trató de gritar:

-¡Hada mía! ¡Hada mía!

Pero en vez de estas palabras sólo salió de su garganta un rebuzno tan formidable, que hizo reir a todos los espectadores, y más especialmente a los muchachos que había en el circo.

Entonces el Director, para enseñarle que no era de buena educación rebuznar ante el público, le dio un fuerte golpe en las narices con el mango de la fusta.

El pobre burro sacó fuera un palmo de lengua y empezó a lamerse las narices, creyendo que de este modo podría calmar el fuerte dolor que el golpe le había producido.

Pero, ¡cual no sería su desesperación cuando, al mirar por segunda vez vio que el Hada había desaparecido del palco!

Creyó morir. Llenáronse de lágrimas sus ojos, y empezó a llorar desconsoladamente; pero nadie llegó a advertirlo, ni siquiera el Director, que haciendo sonar la fusta, dijo:

-¡Bravo, Pinocho! Ahora haremos ver a estos señores con cuánta gracia saltas el aro.

Pinocho probó dos o tres veces; pero cuando llegaba frente al aro, en vez de saltar pasaba cómodamente por debajo. Por fin intentó el salto; pero al atravesar por el aro se enredó desgraciadamente una de las patas, y cayó a tierra como un costal.

Cuando se levantó estaba cojo, y a duras penas pudo volver a la cuadra.

-¡Qué salga Pinocho! ¡Queremos ver al burro! ¡Que salga otra vez! ¡Que baile! ¡Que baile! -gritaban los muchachos, entusiasmados, sin darse cuenta de que se había hecho daño.

Pero el borriquillo no pudo salir más. El Director tuvo que pronunciar otro discurso de los suyos y anunciar que Pinocho bailaría en cuanto se pusiera bien.

A la mañana siguiente fue a verle el veterinario, o sea el médico de los animales, y declaró que se quedaría cojo para siempre.

Entonces dijo el Director al mozo de cuadra que llevase aquel burro al mercado y lo revendiese, puesto que ya no servía para nada.

Apenas llgaron al mercado, se acercó un comprador que dijo al mozo de cuadra:

-¿Cuanto quieres por ese burro cojo!

-Veinte pesetas.

-Yo te doy veinte perras chicas. No creas que lo compro para servirme de él; lo compro por la piel únicanente. Veo que tiene la piel muy dura, y quiero hacer con ella un tambor para la banda de música de mi pueblo.

Podéis pensar lo que pasaría por Pinocho cuando oyó que estaba destinado a convertirse en tambor.

Después que el comprador pagó las veinte perras chicas, condujo a su burro hasta una roca de la orilla del mar, y poniéndole una piedra al cuello, le ató una pata con el estremo de una soga que llevaba en la mano. Después, y cuando el burro estaba más descuidado, le dio un empellón para arrojarle al mar, conservando en la mano el otro extremo de la soga.

La piedra que llevaba al cuello hizo que Pinocho descendiese rápidamente hasta el fondo, y el comprador, siempre con la soga en la mano, se sentó en la peña, esperando a que pasara tiempo bastante para que el pollino se ahogase, y poder arrancarle después la piel para curtirla y hacer un tambor.