Fantasmagoría y otros poemas

CANTO VII: TRISTE RECUERDO


[Fantasmagoría]

«¿Qué pasa?», medité. «¿Me he dormido?
¿O es que he estado bebiendo?»
Pero pronto un sentimiento agradable
me invadió, me senté y me puse a llorar
durante una hora o así, en un abrir y cerrar de ojos.

«¡Bones no tenía que darse tanta prisa!»,
dije sollozando. «De hecho, dudo
que le mereciera la pena marcharse…
Y me gustaría saber ¿quién es Tibbs
para merecerse tanto trabajo?

Si Tibbs es como yo,
es posible», dije,
«que no le guste mucho que pasen
por su casa a las tres y media de la madrugada,
cuando él ya está en la cama.

Y si Bones le atormenta de algún modo…,
chillando y con cosas así,
como estuvo haciendo aquí hasta ahora…
Preveo que va a haber una disputa,
y ¡Tibbs será quien lleve razón!»

Además, como mis lágrimas nunca me devolverán
al amigable fantasma,
me parece lo más adecuado
servirme otro vaso y entonar
el siguiente corolario.

«Te has ido, querido fantasma.
¡Mi mejor pariente!
¡Di adiós a mi pato asado;
adiós, adiós, a mí té con tostadas,
a mí pipa y mis cigarros!

[Fantasmagoría]

Las quejas en la vida son tristes y grises,
las alegrías insípidas,
cuando tú, mi amigo, estás lejos…
¡Buen chico, o mejor, digamos,
viejo Paralelepípedo!»

En lugar de cantar la tercera estrofa,
me paré… bastante abruptamente.
Pero, tras una letra tan espléndida,
sentí que sería absurdo
tratar de seguir.

Así, con un bostezo me fui
en busca de la grata suavidad,
y dormí, y soñé hasta que el día rompió,
¡con duendes, con apariciones y con hadas
y con gnomos y fantasmas!

Durante años no he sido visitado
por ninguna clase de espíritu.
Pero, todavía, resuenan en mi mente
esas palabras de despedida, dichas amablemente:
«¡Viejo nabo, buenas noches!»

[Fantasmagoría]

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