PREFACIO


Si alguien — y ello es endemoniadamente posible — acusara de escribir insensateces al autor de este breve pero instructivo poema, tal acusación se fundaría, de eso estoy convencido, en el verso:

El bauprés y el timón solían confundirse

Ante esta penosa eventualidad, no apelaré indignado (como podría) a mis otros escritos en prueba de que soy incapaz de un comportamiento semejante; no aludiré (como podría) al sólido propósito moral de este poema, ni a los principios matemáticos inculcados en él con tanta prudencia, ni a sus nobles enseñanzas de Historia Natural. Optaré por el procedimiento mucho más prosaico de explicar simplemente cómo ocurrió todo.

El Capitán, hombre de una casi mórbida sensibilidad en lo tocante a las apariencias, solía desmontar el bauprés, una o dos veces por semana, para que lo volvieran a barnizar, y en más de una ocasión ocurrió que nadie a bordo podía recordar a qué extremo del barco pertenecía. Todos sabían que era perfectamente inútil consultar al Capitán. Éste se habría limitado a consultar su Código Naval y a leerles en tono patético las Instrucciones del Almirantazgo, que ninguno de ellos había logrado descifrar; así que al fin, por regla general, lo sujetaban como buenamente podían, atravesándolo sobre el timón. El Timonel* solía asistir a la operación con lágrimas en los ojos; sabía que era un desastre, pero, ¡ay!, el artículo 42 del Código, «Prohibido hablar al Hombre del Timón», había sido completado por el propio Capitán con las palabras: «y prohibido que el Hombre del Timón hable con nadie». Así, toda objeción por su parte quedaba descartada y no cabía efectuar ningún movimiento del timón hasta el día en que tocara de nuevo barnizar. Durante estos desconcertantes intervalos, el barco solía navegar hacia atrás.

Como en cierto modo este poema está conectado con la balada del Galimatazo, permitidme que aproveche la oportunidad para responder a una cuestión que a menudo me ha sido planteada: cómo pronunciar «flexosos tovos». La «x» de «flexosos» suena gs, como en «exigir», y «tovos» se pronuncia de modo que rime con «robos». Asimismo, la primera «o» de «borogovos» se pronuncia como la de «loros». He oído a algunos que trataban de darle el sonido abierto de la «o» de «ahora». Tal es la Humana Perversidad.

Parece ésta también buena ocasión para llamar la atención sobre las demás palabras difíciles del poema. La teoría de Humpty Dumpty —la de las dos significaciones metidas en una misma palabra, como en un maletín— me parece que proporciona la explicación correcta en cada caso.

Tomemos, por ejemplo, «humeante» y «colérico». Imagínense que han de pronunciar ambas palabras pero que no han decidido cuál será la primera. Abran la boca y hablen. Por poco que se incline el pensamiento hacia «humeante», saldrá «humeante-colérico»; sí, por el contrario, la mente se inclina hacia «colérico», aunque sólo sea por un pelo, saldrá «colérico-humeante». Pero quien posea el más raro de los dones —el perfecto equilibrio de la mente— dirá «numérico».

Si cuando Pistol pronunció las célebres palabras:

¿ Bajo qué rey, Bellaco ? ¡Si no hablas, morirás!

el juez Shallow hubiera podido asegurar que se trataba de Wllliam o de Richard y no hubiera acertado, sin embargo, a decidir en qué orden, ¿quién duda que, para no morir, habría exclamado «¡Rilchiam!»?

* De esta tarea se hacía cargo el Limpiabotas, que hallaba en ella un refugio ante las continuas quejas del Panadero, relativas al brillo insuficiente de sus tres pares de botas.

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