
Domenico Scarlatti
1685-1757
Nacido en Nápoles en 1685 —el mismo año milagroso en que nacieron Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel—, Domenico Scarlatti fue el sexto hijo del célebre compositor de óperas Alessandro Scarlatti. Crecer bajo la sombra de un padre tan dominante no fue tarea fácil. Aunque Domenico mostró un talento descomunal desde joven, desempeñándose como organista y compositor en Nápoles y Roma, su verdadera liberación creativa llegó cuando logró independizarse de la enorme influencia paterna y emprender su propio camino hacia el sur de Europa.
En 1719, Scarlatti viajó a Portugal para convertirse en el maestro de capilla de la corte de Lisboa y, lo más importante, en el profesor de música de la infanta Bárbara de Braganza. Cuando la infanta se casó con el futuro rey Fernando VI de España, Scarlatti la acompañó a Madrid, ciudad donde residió hasta su muerte.
Fue en la calidez de la península ibérica donde el compositor italiano encontró su verdadera voz. Fascinado por el folclor local, Scarlatti absorbió los ritmos de las danzas populares, los rasgueos de la guitarra española y las melodías melancólicas de las calles. Todo este universo lo trasladó directamente al teclado, transformando para siempre la forma de tocar el clavicordio.
El núcleo de su legado eterno lo componen sus 555 sonatas conocidas para teclado. Lo más asombroso de este catálogo es que más de la mitad de estas obras fueron escritas durante los últimos seis años de su vida, demostrando una madurez y una explosión de creatividad tardía verdaderamente admirable.
En estas piezas, Scarlatti se revela como el innovador armónico más original e iconoclasta del siglo XVIII. Sus sonatas son un campo de juego lleno de sorpresas:
El pulso de la calle: Combinó con maestría ritmos de danza italianos, portugueses y españoles (como el fandango).
Audacia matemática y armónica: Utilizó disonancias atrevidas, saltos acrobáticos para las manos y giros armónicos imprevistos que desafiaban las rígidas reglas de la época.
Dualidad de ánimos: Mientras que algunas sonatas son vibrantes, festivas y sumamente placenteras al oído, otras se sumergen en un tono mucho más lírico, melancólico y de un ánimo tranquilo y contemplativo.
Aunque Scarlatti también exploró con éxito otros géneros musicales en su juventud —escribiendo óperas, cantatas, sonatas para violín y una bellísima producción de música sacra para la iglesia—, su nombre quedó inscrito en la historia como el hombre que liberó al clavecín y anticipó, por sí solo, el advenimiento del piano moderno.


