Cuentos de mi Tía Panchita

XIX – TIO CONEJO Y LOS QUESOS

Cuentos de mi Tía Panchita

Pues señor, es el caso que tío Conejo se nos había vuelto muy melindres para comer, y a mi amo no le gustaban sino cositas buenas. Decía que ya el churristate lo tenía hasta el copete y a los quelites les hacía ché. Últimamente andaba antojado de comer queso tierno. ¿Y cómo hago? ¿Y cómo hago? Por fin quién sabe cómo averiguó que un carretero bajaba todos los viernes de una hacienda, –por un camino de la vecindad–, con madera y quesos.

Allá el viernes a la nochecita –que era la hora en que pasaba la carreta–, se tiró tío Conejo en medio camino y se hizo el muerto. Dichosamente hacía una luna como el día y el carretero se agachó para ver qué era aquel bultico.

–¡Miren allá– dijo a un compañero– si es un conejito! ¡Ah señor, qué le pasaría!… ¡Pobrecito! Pero no está muerto, todavía resuella. Lo voy a echar en la carreta y quien quita que vuelva en sí.

Y lo que el sapo quería… El carretero acomodó a Tío Conejo entre los sacos de queso, y la carreta se puso otra vez en marcha. Entonces abrió un ojo, después el otro, y como vió que no había nada que temer, hizo un buen boquete al saco de gangoche en que venían los quesos bien envueltos en tusa. Se puso a sacarlos y a arrojarlos al camino. Así que el saco estuvo vacío, se tiró él y salió como un cachiflín a recoger los quesos y a llevarlos a su casa. Luego se dio tal atipada de queso que quedó que no podía moverse.

Otro día se sentó a la puerta a relamerse y a hacer la boca agua a cuantos pasaban. Iba tío Armadillo a hacer diligencia, a ver si encontraba algo qué comer y el muy mal corazón lo detuvo:

–Asómese compadrito y espíe para adentro y me cuenta un cuento.

Y tío Armadillo se hizo cruces cuando vio aquel gran montón de quesos que llegaba hasta el techo.

Pasó Tía Iguana y lo mismo:

–Venga acá viejita y dese una asomadita.

Tía Iguana se fue llena de envidia.

Pasó tía Ardilla y tío Conejo le gritó:

–Vení acá niñá y cuidado con caerte para atrás cuando veas lo que vas a ver.

Y de veras, la pobre tía Ardilla que andaba en ayunas se quedó como quien ve visiones, y no se atrevía a recoger unas boronitas que estaban en el suelo.

A tío Conejo se le movió el corazón y le hizo un gallito de queso con tortilla: –Tomá niñá para que no se te reviente la hiel.

–Dios se lo pague tío Conejo –dijo tía Ardilla– que Dios me lo guarde y me le dé salud y me le repare de donde menos piense.

–Tía Ardilla, tía Iguana y tío Armadillo se fueron por los campos a contar de la maravilla de quesos que tenía tío Conejo. Oirlo tía Zorra y corre para donde tío Conejo, todo fue uno.

Apenas la divisó, se metió corriendo tío Conejo, y atrancó bien la puerta.

Llegó tía Zorra y se puso a tocar: –Upe, tío Conejo, ¿qué hace Dios de esa vida?

Tío Conejo se asomó por la ventanita alta.

–¿Qué se le ofrece tía Zorra?– le preguntó. Y perdone que no salgo a abrirle, pero es que me acabo de calentar la nuca con manteca de chancho y me puse un trapo zahumado porque estoy rabiando de un oído.

–Lo siento mucho, tío Conejo. Y hablando de otra cosa: ¿no me querrías vender un diez de queso?

–No comadrita, no tengo venta.

–Andan diciendo que tenés la casa llena de quesos. Contame cómo hiciste; por qué no me decís.

–Con mucho gusto tía Zorra. Viera qué sencillez. Fue así y así –y tío Conejo le explicó todo.

–Así quien no… ¡Qué mamada! –dijo tía Zorra–. Y decime, hombre, ¿vos crees que si yo me hago la muerta en el camino me pasa la misma?

–¡Uh! Pues cómo no –contestó tío Conejo–. Otra cosa tendría duda, ¿pero eso? Si la veo ya con la casa llena de quesos. Anímese viejita…

–Sí, hijó, voy a ver si hago el ánimo. El que no se arriesga no pasa el mar. Habiaos que no saque algo. Ai encomendame a Dios para que me vaya bien.

Y tía Zorra se fue.

De veras, allá el viernes a la nochecita se puso a la mira y cuando sintió venir carretas se tiró a lo largo en medio camino, en el mismo sitio en que lo hizo el otro. Y para quedar mejor se estiró bien y se puso tieso. El carretero deonde la vió, dijo: –¡Adiós trabajos! Hoy hace ocho era un conejo y hoy es esta lambuza hedionda. ¿No querrá también dejarme sin quesos? Aguardate ai y verás… Gui, buey viejo, gui…

Y diciendo y haciendo, el muy ingrato chuceó los bueyes y la carreta le pasó por encima a la infeliz tía Zorra.

Sólo porque Dios es muy grande y porque las zorras tienen la vida muy dura, tía Zorra quedó contando el cuento. Pero cuando la pobre volvió en sí, no valía un cinco, todos los huesos le dolían y como pudo, regresó a su casa y tuvo que estar un mes en cama.

A los días pasó por donde tío Conejo, todavía en muletas. Apenas lo vió le torció los ojos y le hizo tan mal modo que parecía se lo quería tragar.

–Vas a ver mechudo, orejón, me las has de pagar. Yo te contaré –le gritó en un temblor.

–¡Eso sí que está bonito! ¿Y yo qué le he hecho? –preguntó tío Conejo.

–Sí, ¿yo que le he hecho? Pero con esa no te quedás–, y le quiso meter su muletazo.

–¡Eh! ¡diantres la vieja revesera! –le dijo tío Conejo–, y tuvo que meterse corriendo y pasar el picaporte a la puerta; y por torear a tía Zorra se asomó por la ventanita alta y se puso a comerse un buen tuco de queso, y a arrojarle boronitas en la cara.

A tía Zorra de la cólera le dió un ataque y tuvieron que llevársela a la casa en silla de manos, tío Armadillo y tío Coyote.

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