Aventuras de Pinocho

Capítulo 7


Goro vuelve a su casa, y le da al muñeco el desayuno que el buen hombre tenía para sí.

El pobre Pinocho, que aún tenía los ojos hinchados del sueño,no había notado que sus pies estaban hechos; carbón, por lo cual apenas oyó la voz de su padre, quiso levantarse en seguida para descorrer el cerrojo; pero al ponerse en pie se tambaleó dos o tres veces, hasta que al fin dio con su cuerpo en tierra cuan largo era, haciéndose un ruido, tremendo.

—¡Ábreme!— gritaban mientras tanto desde la calle.

—No puedo, papa, no puedo!— respondía el muñeco llorando y revolcándose en el suelo.

—¿Por que no puedes?

—¡Porque me han comido los pies!

—¿Quién te los ha comido!

—¡El gato!— dijo Pinocho, viendo que el animal se entretenía en jugar con un pedazo de madera.

—¡Ábreme, te digo!— repitió, Goro—. ¡Si no, vas a ver cuando entre yo en casa como te voy a dar el gato!

—¡Oh, papá; créeme! ¡No puedo ponerme en pie! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí, que tendré que andar de rodillas toda mi vida!

Creyendo Goro que todas estas lamentaciones no eran otra cosa que una nueva gracia del muñeco, decidió acabar de una vez, y escalando el muro, penetró en la casa por la ventana.

Al principio quería hacer y acontecer; pero cuando vio que su Pinocho estaba en tierra y que era verdad que le faltaban los pies, se enterneció, y levantándole por el cuello, comenzó a besarle y a acariciarle.

—¡Pinochito mío!— decía sollozando—. ¿Como te has quemado los pies?

—¡No lo se, papá; pero créeme que esta noche ha sido infernal, y que me acordaré de ella toda mi vida. Tronaba, relampagueaba, y yo tenía mucha hambre. Entonces me dijo el grillo-parlante: «Te está muy bien empleado; has sido malo y lo mereces». Y yo le dije: «¡Ten cuidado, grillo!» Y él me contestó: «Tú eres un muñeco, y tienes la cabeza de madera.» Y yo entonces le tiré un mazo y le maté. Pero la culpa fue suya, y la prueba es que puse en la lumbre una cacerola para cocer un huevo que me encontré; pero el pollito me dijo: «¡Me alegro de verte bueno; recuerdos a la familia!»

Y yo tenía cada vez más hambre, y por eso aquel viejo del gorro de dormir, asomándose a la ventana, me dijo: «¡Acércate y pon la gorra!; y yo entonces me encontré con un cubo de agua en la cabeza porque pedir un poco de pan no es vergüenza, ¡verdad! Me vine a casa en seguida, y como seguía teniendo mucha hambre, puse los pies en el brasero, y cuando usted ha vuelto me los he encontrado quemados. ¡Y yo tengo, como antes, hambre; pero ya no tengo pies! ¡Hi!… ¡hi!… ¡hi!..

Y el pobre Pinocho comenzó a llorar y a berrear tan fuerte, que se le podía oír en cinco kilómetros a la redonda.

De todo este discurso incoherente y lleno de líos, sólo comprendió Goro una cosa: que el muñeco estaba muerto de hambre. Sacó entonces tres peras del bolsillo, y enseñándoselas a Pinocho le dijo:

—Estas tres peras eran mi desayuno, pero te las regalo. Cómetelas, y que te hagan buen provecho.

—Pues si quieres que las coma, tienes que mondármelas.

—¿Mondarlas?— replicó asombrado Goro—. ¡Nunca hubiera creído, chiquillo, que fueras tan delicado de paladar! ¡Malo, malo, y muy malo! En este mundo hijo mío hay que acostumbrarse a comer de todo, porque no se sabe lo que puede suceder. ¡Da el mundo tantas vueltas!…

—Usted dirá todo lo que quiera— refunfuñó Pinocho—; pero yo no me comeré nunca una fruta sin mondar. ¡No puedo resistir las cáscaras!

Y el bueno de Goro, armándose de santa paciencia, tomó un cuchillo, mondó las tres peras, y puso las cáscaras en una esquina de la mesa.

Después de haber comido en dos bocados la primer pera, iba Pinocho a tirar por la ventana el corazón de la fruta; pero Goro le detuvo el brazo, diciendo:

—¡No lo tires! ¡Todo puede servir en este mundo!

—¡Pero yo no voy a comer también el corazón!— contestó el muñeco con muy malos modos.

—¡Quién sabe! ¡Da el mundo tantas vueltas!…— repitió Goro con su acostumbrada calma.

Dicho se está que después de comidas las peras los tres corazones fueron a hacer companía a las cascaras en la esquina de la mesa.

Cuando hubo terminado Pinocho de comer, o mejor dicho, de devorar las tres peras, dio un prolongado bostezo y dijo con voz llorosa:

—¡Tengo más hambre!

—Pues yo, hijo mio, no tengo nada más que darte.

—¿Nada, absolutamente nada?

—Aquí tenemos estas cáscaras y estos corazones de pera.

—¡Paciencia!— dijo Pinocho— Si no hay otra cosa, comeré una cáscara.

Al principio hizo un gesto torciendo la boca; pero después, una tras otra, se comió en un momento todas las cáscaras, y luego la emprendió también con los corazones, hasta que dio fin de todo. Entonces se pasó las manos por el estómago, y dijo con satisfacción:

—¡Ahora sí que me siento bien!

—Ya ves— contestó Goro— cuánta razón tenía yo al decirte que no hay que acostumbrarse a ser demasiado delicados de paladar. No se sabe nunca, querido mío, lo que puede suceder en este mundo. Da tantas vueltas!…

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