XV - PORQUE TIO CONEJO TIENE LAS OREJAS TAN LARGAS


Cuentos de mi Tía Panchita

Pues señor, un día se le va antojando a tío Conejo tener una estatura mayor, y le habló a un zopilote para que lo llevara a las nubes adonde Tatica Dios.

Tío Conejo llegó a la presencia de Nuestro Señor, que por dicha ese día estaba de buenas, y le dijo que él deseaba ser más grande, que era una gran vaina ser tan chiquillo porque todos se lo quería comer, y que por aquí y por allá.

Tatica Dios le contestó: –Bueno hombre, pero eso sí, traeme un pellejo de león, otro de tigre y otro de lagarto, y con la condición de que vos mismo los has de matar.

Tío Conejo no esperó segundas razones y sin decir adiós a Nuestro Señor, se encajó en el zopilote y volvió a la Tierra. Lo primero que hizo fue atisbar a tío Tigre y en un medio día que estaba echando una siesta, llegó quebrándose y gritando como loco:

–¡La Santísima Trinidad! ¡Ave María, Gracia Plena! ¡Los Tres Dulcísimos Nombres!

A la bulla se recordó tío Tigre y lleno de miedo, le gritó: –¿Qué es la cosa, hombre?

–¡Tío Tigre de Dios, ni me pregunte! ¿Qué le parece que ai no masito viene un huracán? Por vida suya, amárrema con estos bejuquitos para que no me lleve–. Y daba vueltas de aquí y corría de allá.

A tío Tigre se le fue el cuajo a los talones.

–¡No diga eso, tío Conejo! ¿Y ahora qué hago? ¡No habrá por ai con qué amarrarme a mí también?

Tío Conejo tenía ya unos bejucos muy resistentes listos debajo de las hojas, y dijo haciéndose de las nuevas:

–Pues aqu¡ hay unos bejuquillos, si quiere… La cosa es que quién sabe para que pueda amarrarlo, porque tengo las manos en un temblor.

Tío Tigre le dijo: –Tantee, tío Conejo, tantee.

Y tío Conejo que era nonis para hacer nudos, lo dejó bien reateado a un palo y cuando lo tuvo as¡, comenzó a tirarle pedradas; luego que lo vió más del otro lado que de éste, se acercó con un palo y acabó de salir de él. Ya muerto lo desamarró y con su cuchillo le quitó la piel, que dejó al sol para que se oreara.

Luego se puso a cavilar cómo conseguiría la piel del león.

El sabía que había un pumita que estaba haciendo tonterías en una hacienda de ganado.

Entonces se fue adonde el dueño y le dijo: –Mire, ñor Hombre, ¿quiere que hagamos un trato?

–Vamos a ver, ¿qué es la cosa? –le contestó el otro.

–Vea, ¿quiere que salgamos de mano leoncito?

El hombre se rió y dijo: –Idiai, ¿y cómo vas a hacer, vos tan chiquitillo?

–Ai verá. Deme su palabra de que me ayudará as¡ que esté muerto en lo que yo le pida, y le prometo que de aqu¡ a diez días no tendrá ese tequio encima.

Tío conejo se lo llevó a un sitio en donde había un hoyo en forma de embudo, bastante hondo, arenoso y con las paredes lisas. El que caía all¡ tenía que perder las esperanzas de salir si no había quién le ayudara. Tío Conejo hizo al hombre cortar ramazones y tapar la abertura del hueco y darle la apariencia del suelo cubierto de hojas. Después le aconsejó que en la pura orilla atara un ternero bien gordo y él corrió en busca del león.

Cuando dió con él, le gritó: –Mano León de Dios, andaba en busca suya. ¡Viera que almuercillo más ñeque le tengo! Póngaseme atrás y verá.

Mano León de veras lo siguió y tío Conejo hizo que llevaran al lugar de modo que el otro tuviera que pasar por el hueco. Por supuesto que poner los pies sobre las ramazones y salir rodando, fue uno. A los ocho días el pobre mano León murió de hambre. Tío Conejo corrió en busca de ñor Hombre para que le ayudara a sacarlo, y cuando lo tuvo fuera, le arrancó la piel con su cuchillo, la extendió al sol y la dejó oreándose al lado de la del tigre.

Le faltaba la del lagarto.

Sabía que éste era muy parrandero y en una noche de luna cogió su guitarra y se fue a cantar a la orilla del río y a echar guipipípas.

Mano Lagarto fue saliendo y le preguntó:

–Hombré, ¿por qué estás tan alegre?

Tío Conejo le contestó: –¡Cómo quiere que no esté alegre, si voy a un baile donde hay cuatro muchachas! …( Tío Conejo se llevó la mano a la boca y se besó la punta de los dedos).

–No digás, hombré, no digás. ¿Y eso dónde es?

–Por ai, por ai… –Y tío Conejo hizo que seguía adelante.

Mano Lagarto le dijo: –¿Por qué no me llevás, compadrito?

–A m¡ no me gusta andar con aretes– le respondió tío Conejo.

–Bueno, ¡qué caray! ¡Pero, eso s¡, ciudado con la cuenta! ¡Ciudado con ir a hacer una que no sirve!

El otro le hizo mil juramentos y se pusieron en camino. Pero tío Conejo se hizo el renco y mano Lagarto le propuso que se le subiera encima. Tío Conejo se encaramó sobre mano Lagarto, y a poco andar le dió con toda alma un garrotazo con un guayacancito que traía escondido. Pero no tuvo buena puntería y apenas lo dejó atarantado. Tío Conejo se las mandó cambiar y mano Lagarto pasó varios días sin poder ver el sol claro.

Tío Conejo no hacía más que tratarse mal él mismo:

–¡ah gran chambón! ¡Achará! ¡Lo que es otra como ésta no se te presenta!

Pero no se dió por vencido y se fue a buscar una lora que vivía cerca del río donde habitaba mano Lagarto. Se aconsejó con ella para que a la tardecita, cuando él pasara, le hiciera ciertas preguntas. De veras, a la tarde pasó tío Conejo por all¡ y la lora le gritó a todo galillo:

–Hombré, tío Conejo, ¿para dónde camina?

–Pues para el matrimonio de la hija del rey.

¡Viera que festarr¡n! Haga el ánimo y nos vamos.

Al o¡rlos se asomó mano Lagarto y al ver a tío Conejo, se puso muy caliente.

–¿Con qué ai andás, gran tal por cual? Ahorita te contaré…

El otro se puso fuera de su alcance y preguntó a la lora: –¿Quién es ese joven tan elegante? Yo no lo conozco. Si es la primera vez que lo veo y no sé por qué tan bravo conmigo.

–¡Venime a m¡ con esas! ¿Crees que fue poco el garrotazo que me zampaste el otro día?

–Ajá, ya caigo– dijo tío Conejo–. Este me confunde con mi hermano, que es un sinverguenzón de siete suelas. Cabalmente ahora lo tienen en la cárcel por una que hizo. ¡Vieras los chascos que yo me he llevado por ése! ¡Es que somos igualitos!

Mano Lagarto se la compró: –íah! ¿Con qué no eres vos? ¡Ve! Pues ai dispensame. ¿Y para dónde la llevas?

–Pues al matrimonio de la hija del rey. Es que voy a ser padrino. Aquello va a estar de vuelta y media. ¡Un parrandón! Bueno, me las caiteo. Hasta lueguito.

Mano Lagarto estaba que se las pelaba de ganas de ir.

–Hombré, ¿por qué no me llevás?

–Con mucho gusto. Véngase.

Y se fueron.

Allá al mucho andar, tío Conejo hizo como que se daba un tropezón y cayó dando quejidos: –íay! íay! íay! Yo creo que me lisié un pie. Ahora s¡ que estoy galán. Mejor será que se devuelva, mano Lagarto, y me deje aqu¡. Yo no puedo dar un paso.

–¿Cómo va a ser eso? íadiós! Encájatemee encima y vamos al matrimonio. All¡ no faltará quien te sobe. ¿Qué diría el rey si no llegaras?

–No me atrevo. Es mucha grosería. ¿Qué parecía, que tras que me ha hecho usté el favor de acompañarme, también vaya a tener que cargar conmigo?

–íadiós! ¿Y eso qué tiene? Montate y dejate de ruidos.

–Lo que el sapo quería– pensó tío Conejo. Y con mil y tantos trabajos se puso sobre mano Lagarto.

Tío Conejo iba en un quejido y el otro por distraerlo, le metió conversación:

–Hombre, tu hermano sí que fue tonto. En vez de darme por la nariz, me dió por la nuca.

No había acabado de decirle, cuando tío Conejo le dejó ir un garrotazo por la nariz que lo dejó tieso allí no más.

Sacó su cuhcillo, y le cortó la piel y lo dejó que se oreara.
Cuando lo estuvo, llamó al zopilote y le habló para que lo llevara con todo y pieles adonde Tatica Dios. As¡ que llegaron ante Su Divina Majestad, tío Conejo, sin andarse con muchas aquellas, le tiró a los pies los pellejos: –¡aqu¡ tiene! …

Ese día Nuestro Señor no estaba de muy buenas pulgas.

–Bueno, ¿y qué hay con eso? –le preguntó de mal modo.

–Nada, pues que usté me dijo que le trajera una piel de tigre, otra de león y otra de lagarto, muertos por m¡, y aqu¡ están. Y que si se las traía me haría más grande.

Nuestro Señor exclamó: –¡ah gran indino! ¡Se me puso que te ibas a salir con las tuyas! ¡Ya me parece las que has hecho en la Tierra!

Entonces lo cogió de las orejas y les dió tan gran jalonazo que se estiró tamaño poco. (Ha de saberse que antes, antes, tío Conejo tenía las orejas chirrisquitillas). Después le dijo:

–¡Y te me quitás de aquí, zángano!

Tío Conejo salió a pito y caja, sobándose las orejas y Tatica Dios al verlo por detrás, no pudo dejar de echarse una carcajada y con esto se le fue el mal humor.

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