NUDO IV: ESTIMACIONES


Esta noche he soñado con bolsas llenas de dinero

El mediodía en medio del mar a pocos grados del Ecuador suele ser opresivamente caluroso y nuestros dos viajeros llevaban ligeras ropas de un lino blanco que deslumbraba. Ya se habían quitado las cotas de malla que, en el frío aire de las montañas que habían estado respirando últimamente, no sólo eran soportables, sino también necesarias como precaución ante.l~s cuchillos de los bandidos que poblaban las cumbres. El viaje que habían hecho durante sus vacaciones se había terminado y ahora se encontraban de regreso a casa, en el paquebote que cada mes hacía el trayecto entre los dos grandes puertos de la isla que habían estado explorando.

Junto con sus cotas de malla, los turistas habían abandonado la anticuada forma de hablar que habían preferido usar mientras habían estado disfrazados de caballeros, pero ya habían vuelto a convertirse en los dos señores del siglo XX que eran habitualmente.

Tumbados sobre una pila de cojines bajo una enorme sombrilla, miraban, perezosos, a algunos pescadores nativos, que habían subido a bordo en la última parada del barco y que llevaban al hombro unos pequeños, aunque pesados, sacos. En cubierta había una gran báscula, que se había utilizado en el puerto para la carga. Los pescadores se habían agrupado en tomo a ella y, parloteando un lenguaje ininteligible, parecía que estaban pesando los sacos.

“Suena más parecido al mido de los gorriones en un árbol que al lenguaje humano, ¿verdad?”, observó el turista mayor a su hijo, que sonreía débilmente, pero no hacía ningún esfuerzo por hablar. El hombre mayor probó con otro interlocutor.

“¿Qué llevan en los sacos, capitán?”, preguntó, cuando ese importante personaje pasó a su lado en su interminable desfilar de un lado a otro de la cubierta.

El capitán aminoró su marcha y se acercó a los viajeros … alto, serio y serenamente satisfecho de sí mismo.

“Los pescadores”, explicó, “son muy a menudo pasajeros de mi barco. Estos cinco son de Mhruxi, el sitio que acabamos de dejar, y ésta es la forma en que transportan su dinero. El dinero en esta isla pesa mucho, caballeros, aunque, como pueden adivinar, vale muy poco. Se lo compramos al peso …, alrededor de cinco chelines por libra. Creo que con un billete de cinco libras se podrían comprar todos esos sacos.”

Para entonces, el viejo había cerrado los ojos, sin duda, con el fin de concentrarse en esos datos tan interesantes, pero el capitán no se dio cuenta de la verdadera razón y con un gruñido siguió su monótona marcha.

Mientras, los pescadores estaban armando tal barullo con la báscula, que uno de los marineros tomó la precaución de llevarse todas las pesas, dejando que se entretuvieran utilizando los sustitutos de las mismas que pudieron encontrar, como manivelas, cabillas, etc. Esto pronto acabó con su excitación. Con mucho cuidado, escondieron sus sacos en los pliegues del foque que estaba tirado en la cubierta al lado de los turistas y se fueron a dar una vuelta.

La siguiente vez que escucharon aproxirmarse las fuertes pisadas del capitán el joven se levantó para hablar con él. “¿Cómo dijo usted que se llamaba el lugar de donde viene esa gente, capitán?”, preguntó.

“Mhruxi, señor.”

“¿Y el lugar al que nos dirigimos?”

El capitán tomó aire, lo soltó y, noblemente, dijo: “Lo llaman Kgovjni, señor.”

“K. .. ¡Es igual!”, dijo débilmente el joven.

Estiró el brazo para coger el vaso de agua helada que el compasivo camarero le había traído hacía unos minutos y que, por desgracia, había dejado fuera de la sombra de la sombrilla. Estaba hirviendo y decidió no bebérsela. Los esfuerzos que había hecho para tomar esta determinación, junto con la fatigosa conversación que acababa de tener, eran demasiado para él. En silencio, se hundió de nuevo en los cojines.

El padre, cortésmente, trató de enmendar su indiferencia. “¿Dónde estamos ahora, capitán?”, dijo. “¿Lo sabe usted?” El capitán lanzó una mirada de lástima al ignorante hombre.

“¡Por supuesto que sí, señor!”, dijo con arrogante condescendencia. “¡Al milímetro!”

“¡No puede ser!”, observó el hombre con gran sorpresa. “¡Claro que sí!”, insistió el capitán. “¿Qué sería de mi barco, si yo no supiese nuestra longitud ni nuestra latitud? ¿Tiene usted algo que decir de mis estimaciones?”

“¡Nadie podría decir nada, estoy seguro!”, replicó el otro de corazón.

Pero había exagerado.

“Es perfectamente comprensible”, dijo el capitán ofendido, “para cualquiera que entienda de esas cosas.” Con estas palabras, se marchó y empezó a dar órdenes a los hombres que estaban preparándose para levantar el foque.

Nuestros turistas observaban la operación con tal interés que ninguno de ellos se dio cuenta de las cinco bolsas de dinero que, en un momento, cuando el viento hinchó el foque, se cayeron al mar donde se hundieron hasta el fondo.

Pero los pobres pescadores no se olvidaron fácilmente de sus propiedades. En seguida se acercaron y empezaron a lanzar gritos de furia y a señalar ora al mar, ora a los marineros que habían provocado ese desastre.

El viejo se lo explicó al capitán.

“Vamos a arreglarlo entre nosotros”, concluyó. “Dijo usted que diez libras serían suficientes ¿no?”

Pero el capitán desechó la sugerencia con un movimiento de la mano.

“¡No, señor!”, dijo con sus grandiosos ademanes. “Estoy seguro de que usted me disculpará, señor, pero éstos son mis pasajeros. El accidente ha ocurrido en mi barco y bajo mis órdenes. Me toca a mí compensarles por ello.” Se volvió a los enfadados pescadores. “¡Señores, vengan aquí!”, dijo en el dialecto de Mhruxian. “Díganme cúanto pesaba cada saco. Les vi pesándolos hace un momento.”

Entonces, se originó un incomprensible escándalo, mientras los cinco hombres explicaban, todos gritando a la vez, cómo se habían llevado las pesas los marineros y cómo habían hecho lo que podían con lo que tenían a mano.

[Un Cuento Enredado]

Pesaron con gran cuidado dos cabillas de hierro, tres tarugos, seis piedras areniscas, cuatro manivelas y un enorme martillo, bajo la supervisión del capitán, que anotaba los resultados. Pero, a pesar de eso, no parecía que el asunto pudiese arreglarse. Hubo una gran discusión entre los marineros y los cinco nativos y, por último, el capitán se acercó a nuestros turistas, tratando de esconder su desconcierto bajo una sonrisa.

“¡Tenernos una dificultad absurda!”, dijo. “Quizá alguno de ustedes, caballeros, tenga alguna sugerencia que hacerme. Parece ser que pesaron los sacos de dos en dos.”

“Si no los pesaron por separado, entonces usted tampoco puede valorarlos por separado”, dijo rápidamente el joven.

“Vamos a escuchar todo lo referente a este asunto”, observó con cautela el viejo.

“Tomaron el peso cinco veces diferentes”, dijo el capitán, “pero … ¡bueno, esto me ha dejado completamente perplejo!”, añadió, en un repentino arranque de sinceridad. “Éstos son los resultados. El primer saco y el segundo pesaron doce libras; el segundo y el tercero, trece y media; el tercero y el cuarto, once y media; el cuarto y el quinto, ocho. Y dicen que entonces sólo quedaba el martillo, y que necesitaron tres sacos para pesarlo … Es decir, el primero, el tercero y el quinto … , y que éstos pesaban dieciséis libras. j Ya ven, caballeros! ¿Han oído algo parecido alguna vez?”

El hombre mayor murmuró en voz baja: “¡Si mi hermana estuviese aquí…!”, y miró desesperadamente a su hijo. Éste miró a los cinco nativos. Los cinco nativos miraron al capitán. El capitán no miraba a nadie: bajaba los ojos y parecía estar diciéndose: “Contémplense unos a otros, caballeros, si les place. ¡Yo me contemplo a mí mismo!”

Un Cuento Enredado

Las soluciones a los nudos (acertijos) se pueden leer en la publicación de EDEL o puede ver el apéndice (en inglés).

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