NUDO I: VIRUTAS


Duende, condúcelos arriba y abajo

El brillo rojizo de la puesta de sol ya desaparecía en las oscuras sombras de la noche, mientras podía verse a los dos viajeros bajando rápidamente, a seis millas por hora, por la escarpada ladera de la montaña. El más joven saltaba de risco en risco con la agilidad de un cervatillo, mientras que su compañero, cuyas viejas extremidades parecían no encontrarse muy cómodas dentro de la pesada cota de malla que normalmente llevaban los turistas de esa zona, se movía con dolorosa dificultad a su lado.

Como siempre pasa en esas circunstancias, fue el caballero joven quien habló primero.

“¡Buen ritmo, ya lo creo!”, exclamó. “¡No nos dimos tanta prisa en subir!”

“¡Bueno, sin duda!”, repitió el otro con un gruñido. ” Subimos a tres millas por hora.”

“Y el ritmo medio que llevamos es … “, dijo el joven, que, al no ser muy bueno en estadística, dejaba estos detalles para su anciano amigo.

“Cuatro millas por hora”, contestó el otro, agotado. “¡Ni un penique más”, añadió con ese amor por las metáforas tan común en los mayores, “ni un penique menos!”

“Ya habían pasado tres horas del mediodía cuando dejamos nuestra posada”, dijo el joven pensativo. “Seguramente no llegaremos a la hora de la cena. ¡Quizá el posadero se niegue a darnos la comida!”

“Nos regañará por haber llegado tarde”, fue la seria respuesta, “¡y tendremos que afrontar esa reprimenda!”

“¡Muy agudo!”, gritó el otro riendo alegremente. “Y si le mandamos que nos traiga otro plato, creo que responderá tirándonos una tarta!”

“Por lo menos tendremos postre”, suspiró el caballero más viejo, que nunca en su vida había oído un chiste y al que, de alguna forma, no le agradaba la inoportuna ligereza de su compañero. “Serán las nueve”, añadió en voz baja, “cuando llegemos a la posada. ¡Cuántas millas hemos andado hoy!”

“¿Cuántas? ¿Cuántas?”, preguntó el ansioso joven, siempre sediento de conocimientos.

El viejo se quedó callado.

“Dime”, contestó, tras reflexionar un momento, “¿qué hora era cuando coronamos aquella cima? ¡No hace falta el minuto exacto!”, añadió rápidamente, leyendo la protesta en la cara del joven. “Y tu cálculo debe estar dentro de la media hora siguiente o pasada de la hora exacta. ¡Eso es lo único que te pido! Entonces te diré, exactamente, cuánto hemos recorrido entre las tres y las nueve.”

Un gruñido fue lo único que dio el joven como respuesta, mientras sus rasgos convulsos y las profundas arrugas que se cruzaban en su varonil frente revelaban el abismo de agonía aritmética en el que le había sumido una pregunta casual.

Un Cuento Enredado

Las soluciones a los acertijos se pueden leer en la publicación de EDEL o puede ver el apéndice (en inglés).

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