NUDO VIII: DE OMNIBUS REBUS


Este cerdito fue al mercado; Este cerdito se quedó en casa

“¡Por orden expresa de Su Resplandor”, dijo el gobernador mientras conducía a los viajeros por última vez ante la presencia imperial, “tengo el placer de escoltarles hasta la puerta de fuera del cuartel militar, donde la agonía de la partida …, si la naturaleza puede sobrevivir a este golpe …, debe soportarse!

Desde esa puerta salen grurmstipths cada cuarto de hora, en ambos sentidos … ”

“¿Le importaría repetir esa palabra?”, preguntó Norman. “¿Grurm … ?”

“Grurmstipths”, repitió el gobernador. “En Inglaterra, los llamáis ómnibus. Circulan en ambos sentidos y podéis recorrer en uno de ellos todo el camino hacia el puerto.”

El viejo dio un suspiro de alivio. Cuatro horas de ceremonia en la corte le habían agotado y se encontraba en un constante estado de terror por miedo a que alguien ordenase que se utilizasen los diez mil bambúes adicionales.

Al minuto siguiente, estaban cruzando un enorme patio, pavimentado con mármol y decorado con muy buen gusto, con una pocilga en cada esquina. Los soldados, transportando cerdos, marchaban en todas direcciones y en el medio permanecía un oficial gigantesco dando órdenes con una voz de trueno que hacía que se le pudiese oír por encima del alboroto causado por los cerdos.

“¡Es el comandante en jefe!”, susurró rápidamente el gobernador a sus acompañantes, que al instante siguieron su ejemplo y se postraron ante ese gran hombre. El comandante se inclinó gravemente como respuesta. Estaba cubierto de encaje dorado de la cabeza a los pies. Su cara tenía una expresión de profunda tristeza y llevaba un cerdito negro bajo cada brazo. A pesar de ello, el galante individuo hizo lo que pudo para despedir cortésmente a los invitados que se marchaban, en medio de las órdenes que a cada momento daba a sus soldados.

“¡Adiós, oh viejo! Llevad aesos tres a la esquina sur … y, adiós a ti, joven… Poned al gordo encima de los otros en la pocilga del oeste Que os vaya bien … ¡Ay de mí! ¡Esto está mal hecho! ¡Vaciad todas las pocilgas y empezad otra vez!” Y el soldado se apoyó sobre la espada y se limpió una lágrima.

“Está desolado”, explicó el gobernador cuando dejaron el tribunal. “Su Resplandor le ha ordenado colocar veinticuatro cerdos en esas pocilgas, de tal manera que, cuando ella pasee por el patio, siempre encuentre en cada una un número más proximo al diez que en la pocilga anterior.”

“¿Considera ella que el número diez está más cerca del diez que el número nueve?”, dijo Norman.

“Seguramente”, dijo el gobernador. “Su Resplandor admite que el diez está más cerca del diez que el nueve … y también más cerca que el once.”

“Entonces no se puede hacer”, dijo Norman.

El gobernador sacudió la cabeza. “El comandante los ha estado cambiando de sitio en vano durante cuatro meses”, dijo. “¿Qué esperanza le queda? Y Su Resplandor ha mandado que busquen otros diez mil…”

“No parece que a los cerdos les guste que los cambien de sitio”, interrumpió de repente el viejo. A él no le gustaba el tema de los bambúes.

“Sólo los están cambiando provisionalmente, ya sabes”, dijo el gobernador. “En la mayoría de los casos los vuelven a colocar en el mismo lugar otra vez, así que no debe importarles. Y todo se hace con el mayor cuidado, bajo la supervisión personal del comandante en jefe.”

“Por supuesto, ella sólo da una vuelta al patio, ¿no?”, preguntó Norman.

“¡Ay, no!”, suspiró su guía. “Una y otra y otra. Vueltas y vueltas. Éstas son las propias palabras de Su Resplandor. Pero, ¡oh, qué pena!, ya hemos llegado a la puerta exterior, ¡debernos despedirnos!” El gobernador sollozaba al estrecharles la mano, pero al momento se dio vigorosamente la vuelta y se alejó.

“¡Podía haber esperado para vemos partir!”, dijo el viejo lastimeramente.

“¡Y no tenía que haber empezado a silbar justo cuando nos dejó!”, dijo seriamente el joven. “Pero, ¡date prisa! … ¡Aquí hay dos como se llamen a punto de zarpar!”

Por desgracia, el ómnibus marítimo estaba lleno. “¡No importa!”, dijo Norman alegremente. “Daremos un paseo hasta que zarpe el siguiente.”

Pasearon dificultosamente en silencio, pensando en el problema militar, hasta que vieron que un ómnibus se acercaba por el mar. El viajero más anciano sacó su reloj. “Sólo doce minutos y medio desde que hemos empezado a pasear”, observó ausente. De pronto, su cara alelada se iluminó. El viejo tuvo una idea. “¡Hijo!”, exclamó, apoyando su mano sobre el hombro de Norman tan repentinamente que parecía que su centro de gravedad había dejado se estar en su base.

Por eso, como le pilló desprevenido, el joven se tambaleó hacia delante, dando la impresión de que iba a caerse, pero, en seguida y con gran habilidad, recuperó su posición normal. “Problemas de precisión y mutación”, observó … con un tono en el que sólo el respeto filial era capaz de ocultar una sombra de enfado. “¿Qué te ocurre?”, añadió apresuradamente, temiendo que su padre se hubiera puesto enfermo. “¿Quieres un poco de brandy?”

“¿Cuándo sale el próximo ómnibus? ¿Cuándo? ¿Cuándo?”, exclamaba el anciano, poniéndose cada vez más nervioso.

Norman parecía melancólico. “Un momento”, dijo. “Tengo que pensarlo.” Y una vez más los viajeros se quedaron en silencio …, un silencio roto sólo por los distantes chillidos de los pobres cerditos, a los que todavía estaban cambiando de pocilga en pocilga provisionalmente, bajo la supervisión personal del comandante en jefe.

Un Cuento Enredado

Las soluciones a los nudos (acertijos) se pueden leer en la publicación de EDEL o puede ver el apéndice (en inglés).

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