NUDO II: HABITACIONES CONFORTABLES


Abajo al final del tortuoso camino y alrededor de la plaza

“Vamos a preguntárselo a Balbus”, dijo Hugh. “De acuerdo”, dijo Lambert.

“Él puede adivinarlo”, dijo Hugh. “¡Ya lo creo!”, dijo Lambert.

No necesitaban decir nada más. Los dos hermanos se entendían a la perfección.

Balbus les estaba esperando en el hotel. El viaje le había agotado, dijo. Por eso los dos alumnos, sin el viejo tutor, que había sido su inseparable compañero desde la infancia, se habían ido a dar una vuelta en busca de alojamiento. Ellos le habían puesto el mismo nombre que el del héroe de su libro de latín. Éste estaba plagado de anécdotas sobre este polifacético héroe, anécdotas que veían compensada la vaguedad de sus detalles por una brillantez sensacional. En el margen de la aventura titulada “Balbus ha vencido a todos sus enemigos”, el tutor había escrito la frase: “Valentía afortunada.” De este modo, trataba de extraer la moraleja de cada una de las aventuras de Balbus. En ocasiones, ésta tomaba forma de advertencia, como en “Balbus se apropia de un dragón sano”, al lado del cual el tutor había escrito: “Imprudente especulación”; otras veces, tomaba forma de estímulo, como la frase “Importancia de la solidaridad en las acciones que acometemos juntos”, que estaba escrita en el margen del capítulo “Balbus ayuda a su suegra a convencer al dragón”. En otras ocasiones, la moraleja se reducía a una simple palabra, como “Prudencia”, que era todo lo que pudo extraer de la conmovedora aventura titulada “Tras herir al dragón en la cola, Balbus se marchó”. Los alumnos preferían las moralejas cortas, porque les dejaban mayor espacio para dibujar en los márgenes. En este último ejemplo necesitaban todo el espacio posible para poder mostrar la rapidez de la partida del héroe.

[Un Cuento Enredado]

Las noticias que traían eran descorazonadoras. Little Mendip, el balneario más elegante, estaba lleno “hasta los topes” (como dijeron los chicos). Pero en una plaza habían visto más de cuatro carteles, en distintas casas, que con llamativas letras mayúsculas anunciaban: “Habitaciones Confortables”. “Así que, después de todo, hay bastante donde elegir, ¿no?”, concluyó Hugh.

“Eso no es lo que los datos nos ofrecen”, dijo Balbus levantándose de la butaca donde había estado ojeando La Gaceta de Little Mendip. “Puede que todas las habitaciones sean individuales. Sin embargo, podemos verlas. Me encantaría estirar un poco las piernas.”

Un espectador imparcial podría haber objetado diciendo que esto no hacía falta y que este larguirucho y desgarbado individuo estaría mucho mejor con unas piernas más cortas. Pero a sus alumnos ni se les pasaba por la cabeza esta idea. Uno a cada lado, trataban de hacer todo lo posible por adaptarse al ritmo de sus gigantescos pasos, mientras Hugh repetía una frase de la carta de su padre, escrita en el extranjero, sobre la que él y Lambert habían estado cavilando. “Dice que un amigo suyo, el gobernador de … Dime otra vez el nombre, Lambert” (“Kgovjini”, dijo Lambert). “Ah, sí. El gobernador de … como se llame… quiere dar una pequeña fiesta y quiere invitar al cuñado de su padre, al suegro de su hermano, al hermano de su suegro y al padre de su cuñado, y nos gustaría saber cuántos invitados son.”

Hubo una inquieta pausa. “¿Cómo de grande dijo que iba a ser el postre?”, dijo por fin Balbus. “Tomad su contenido cúbico, dividirlo por el contenido cúbico de lo que puede comer cada hombre, y el cociente … ”

“No dijo nada del postre … y aquí está la plaza”, dijo Hugh al torcer una esquina y ver los carteles de “Habitaciones confortables”,

“¡Es un cuadrado!”, exclamó Balbus entusiasmado, al mirar a su alrededor. “¡Precioso! ¡Precioso! ¡Equilátero! ¡Y rectangular!”

Los chicos miraron a su alrededor con menos alegría. “El número nueve es la primera casa con cartel”, dijo el prosaico Lambert; pero Balbus no despertaría muy pronto de su bello sueño.

“¡Mirad, chicos!”, gritó. “¡Veintidós puertas en cada lado! ¡Qué simetría! ¡Cada lado dividido en veintiuna partes exactamente iguales! ¡Es maravilloso!” .

“¿Llamo al timbre o a la puerta?”, dijo Hugh mirando perplejo una placa de cobre cuadrada con la inscripción: “Timbre también”.

“Las dos cosas”, dijo Balbus. “Eso es una elipsis, jovencito.

¿Has visto alguna vez una elipsis?”

“Apenas podía leerlo”, dijo Hugh con evasivas. No está bien tener una elipsis, si no la limpian.”

“Hay una habitación, caballeros”, dijo sonriente la casera. “¡Muy bonita! ¡Una habitacioncita trasera cómoda …!”

“¡La veremos!”, dijo Balbus pesimista mientras seguían a la señora. “¡Sabía que iba a ser así! ¡Una habitación en cada casa! ¡Y sin vistas, supongo!”

“¡Por supuesto que hay vistas, caballeros! , protestó indignada la casera subiendo las persianas y mostrándoles el jardín trasero.

“Creo que son coles”, dijo Balbus. “Bueno, de todos modos, son verdes.”

“Uno no puede fiarse de las verduras de las tiendas”, explicó la casera. “Así las tenemos en casa y además de las mejores.”

“¿Se puede abrir la ventana?” Ésta era la primera pregunta que Balbus hacía para probar el alojamiento. “¿Tira bien la chimenea. ras o tener una respuesta satisfactoria a todas sus preguntas, aseguró que no quería la habitación y se marcharon al número 25.

La casera eras seria y severa. “No me queda más que una habitación, dijo, Y da al Jardín trasero.”

“¿y tiene coles?”, preguntó Balbus.

La casera se condolió visiblemente. “Sí, señor”, dijo, “y muy buenas, aunque esté mal decirlo. No podemos confiar en las tiendas en cuestión de verdura, así que las cultivamos nosotros mismos.”

“Una ventaja única”, dijo Balbus y, tras hacer sus habituales preguntas, se fueron al 22.

“Me encantaría acomodarles, si pudiera”, fue el saludo con el que les recibieron. “Somos mortales” (“¡Irrelevante!”, murmuró Balbus) “y he alquilado todas mis habitaciones excepto una.”

“Que es la habitación trasera, me imagino”, dijo Balbus, “y supongo que tiene vistas a … a las coles, ¿no?”

“¡Sin duda señor!”, dijo la casera. “Hagan lo que hagan los de~s, nosotros cultivamos las nuestras. Porque las tiendas … ” ¡Un arreglo excelente!”, interrumpió Balbus. “Así uno sabe Ciertamente que son buenas. ¿Se abre la ventana?”

Sus habituales preguntas fueron satisfechas, pero en esta ocasion Hugh añadió una de su propia cosecha: “¿Araña el gato?”

La casera miró suspicaz a su alrededor, como para asegurarse de que el gato nO estaba escuchando. “No voy a engañarles, caba~eros , dijo. Araña, pero sólo cuando se le tira de los bigotes. Si no, nunca lo hace”, repitió muy despacio, haciendo visibles esfuerzos para acordarse de las palabras exactas de algún tipo de acuerdo al que habían llegado ella y el gato: “¡Sólo si le tiran de los bigotes!”

“Un gato al que se le trata de ese modo, tiene excusa”, dijo Balbus al cruzar ~acia el número 73, después de dejar la casa y a la casera haciendo reverencias en la puerta y murmurando todavía, como una bendición, estas palabras de despedida: “¡ …. Sólo si le tiran de los bigotes!”

En el número 73 se encontraron con una vergonzosa niña que les mostró la casa y que sólo respondía “Sí, señor” a todas las preguntas.

“La habitación de siempre”, dijo Balbus mientras entraban, “el jardín de siempre, con las coles de siempre. Supongo que no podéis conseguirlas en las tiendas, ¿no es así?”

“Sí, señor”, dijo la niña.

“¡Bueno, puedes decirle a tu señora que alquilamos la habitación y que su plan de cultivo de coles es simplemente admirable!”

“Sí, señor”, dijo la niña mostrándoles la salida.

“Una sala y tres dormitorios”, dijo Balbus, mientras volvían al hotel. “Usaremos como sala la habitación a la que menos tengamos que andar para llegar.”

“¿Debemos andar de una puerta a otra y contar los pasos?”, dijo Lambert.

“¡No, no! ¡Resolvedlo, chicos, resolvedlo!”, exclamó alegremente Balbus que, tras poner plumas, tinta y papel ante sus desgraciados alumnos, salió de la habitación.

“¡Creo que será un enorme trabajo!”, dijo Hugh. “¡Seguro!”, dijo Lambert .

Un Cuento Enredado

Las soluciones a los nudos (acertijos) se pueden leer en la publicación de EDEL o puede ver el apéndice (en inglés).

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