NUDO VII: DINERO PARA GASTOS


Despreciable es el esclavo que paga

“¡Tía Mattie!” “¿Qué, querida?”

“¿Te importaría escribirlo? ¡Estoy casi segura de que se me olvidará si no lo haces!”

“Cariño, debemos esperar a que el coche se pare. ¿Cómo puedo escribir algo en medio de todo este traqueteo?”

“¡Pero se me va a olvidar!”

La voz de Clara adoptó el tono lastimero al que su tía nunca podía resistirse y, con un suspiro, la dama sacó su bloc de marfil y se preparó para apuntar la cantidad que Clara se había gastado en la confitería. Todos sus gastos salían del bolso de su tía, pero, por amarga experiencia, la pobre niña sabía que tarde o temprano Mad Mathesis esperaba que le diese las cuentas exactas de cada penique que había gastado. Por eso, esperó, con paciencia mal contenida, a que la dama pasara las hojas una y otra vez hasta que encontró una con el nombre: “Dinero para, gastos”.

“Aquí está”, dijo por fin, “y ya tenemos debidamente anotada la comida de ayer. Un vaso de limonada (¿Por qué no puedes beber agua como yo?), tres sandwiches (Nunca les ponen suficiente mostaza. Se lo dije a la señora a la cara y ella movió la cabeza … ¡Qué desfachatez!) y siete galletas. Total uno con dos peniques. Bien, ¿y hoy?”

“Un vaso de limonada … ” Clara empezó a decir, cuando de repente el coche se detuvo y un atento mozo de estación ayudó . a salir a la desconcertada niña antes de que ésta tuviese tiempo para terminar la frase.

Su tía se guardó el bloc en el bolsillo rápidamente. “Los negocios primero”, dijo, “el dinero para gastos … , que es una forma de placer, pienses lo que pienses … , después.” Y procedió a pagar al cochero y pasó a dar un gran número de órdenes sobre el equipaje, haciendo oídos sordos a las súplicas de su infeliz sobrina, que le pedía que apuntase el resto de los gastos de la comida. “¡Querida, realmente debes tratar de desarrollar tu capacidad mental!”, fue el único consuelo que le dio a la pobre niña. “¿No es el bloc que tienes en tu memoria lo suficientemente amplio para acordarse de la cuenta de una sola comida?”

“¡No lo es! ¡No es ni la mitad de grande!”, fue la enfadada respuesta.

Las palabras eran adecuadas, pero la voz no era la de Clara, así que ambas se volvieron, con sorpresa, para ver quién se había metido tan repentinamente en su conversación. Una gorda ancianita permanecía en la puerta del coche, ayudando al conductor a sacar a lo que parecía un duplicado exacto de ella misma. No habría sido muy fácil decidir cuál de las dos hermanas estaba más gorda, o cual tenía mejor humor.

[Un Cuento Enredado]

“¡Le digo que no es lo suficientemente grande!”, repitió, cuando fmalmente salió su hermana, de una manera ciertamente parecida a como sale un perdigón de una pistola, y se volvió para dirigirse a Clara. “¿No es así, querida?”, dijo, tratando de fruncir el ceño en su cara, llena de hoyuelos de tanto sonreír.

“Para algunas personas es demasiado grande”, gruñó el conductor.

“¡Señor, no me provoque!”, dijo la ancianita, en lo que para ella era un ataque de furia. “¡Una palabra más y le llevo ante los tribunales con una demanda por habeas corpus!” El conductor se tocó el sombrero y se marchó gruñendo.

“¡No hay nada como un poco de Derecho para acobardar a un rufián, querida!”, dijo confidencialmente a Clara. “¿Viste cómo se acobardó cuando mencioné el habeas corpus? No tengo ni idea de lo que quiere decir, pero suena muy bien, ¿verdad?”

“Es bastante fastidioso”, contestó Clara, un poco vagamente. “¡Mucho!”, repitió la ancianita impaciente. “Y a nosotras nos ha fastidiado mucho, ¿no es así, hermana?”

“¡Nunca me han fastidiado tanto en toda mi vida!”, asintió la hermana más gorda, radiante.

Por entonces Clara había reconocido a sus amigas de la galería de arte y, apartando a un lado a su tía, rápidamente le contó de lo que se acordaba. “Me las encontré primero en la Royal Academy … y fueron muy amables … Estaban comiendo en una mesa al lado de la nuestra, hace un momento, ya sabes … y trataron de ayudarme a encontrar el cuadro que yo estaba buscando … ¡Te aseguro que son unas ancianitas encantadoras!”

“¿Son amigas tuyas?”, dijo Mad Mathesis. “Bueno, me gusta cómo son. Muéstrate educada con ellas, mientras yo compro los billetes. ¡Y trata de ordenar tus ideas en orden cronológico!”

Y así ocurrió que las cuatro damas se encontraron sentadas en el mismo banco, esperando al tren y hablando como si se conociesen de toda la vida.

“¡Bueno, esto sí que es una gran coincidencia!”, exclamó la más baja y más charlatana de las dos hermanas …, la que tenía los conocimientos legales que habían aniquilado al cochero. “¡No es sólo que estemos esperando al mismo tren, en la misma estación … , eso ya resulta bastante curioso … , sino que también

sea el mismo día y a la misma hora! ¡Eso es lo que más me llama la atención!” Miró a la hermana más gorda y más callada, cuya única función en la vida parecía la de sostener la misma opinión que su familia, y que respondió tímidamente: “¡A mí también, hermana!”

“¡Esas coincidencias no son independientes … “, empezó a decir Mad Mathesis, cuando Clara se atrevió a interrumpirla.

“Aquí no hay traqueteo”, dijo humildemente. “¿Te importaría escribirlo ahora?”

De nuevo volvió a sacar el bloc de marfil. “¿Qué era, entonces?”, dijo su tía.

“Un vaso de limonada, un sandwich, una galleta … ¡Oh, pobre de mí!”, dijo la pobre Clara, el tono de su historia de repente se convirtió en un gritó de agonía.

“¿Dolor de muelas?”, dijo su tía tranquilamente, mientras escribía. En ese instante, las dos hermanas abrieron los ojos y le dieron dos remedios diferentes para la neuralgia, cada uno considerado “sin igual”.

“¡No es eso!”, dijo la pobre Clara. “Muchas gracias. ¡Es sólo que no puedo acordarme de cuánto he pagado!”

“Bueno, trata de averiguarlo entonces”, dijo su tía. “La comida de ayer te ayudará, ya sabes. Y aquí está la comida que tomamos el día anterior …, el primer día que entramos en ese local: un vaso de limonada, cuatro sandwiches, diez galletas. Total uno con cinco peniques.”

Le dio el bloc a Clara, que lo miraba con los ojos tan empañados por las lágrimas que no se daba cuenta de que lo estaba sosteniendo al revés.

Las dos hermanas habían estado escuchando todo esto con el más profundo interés y, en ese momento, la más bajita puso su mano suavemente en el brazo de Clara.

“Sabes, cariño”, dijo zalamera, “mi hermana y yo tenemos el mismo problema ¡Exactamente el mismo! ¿No es así, hermana?”

“Exacta y absolutamente el mismo … “, empezó a decir la más gorda, pero como estaba haciendo una frase tan larga, la más bajita no esperó a que terminase.

“Sí, cariño”, continuó; “estuvimos comiendo en el mismo sitio que vosotras … Tomamos dos vasos de limonada y tres sandwiches y cinco galletas … Y ninguna de nosotras tiene ni la más remota idea de cuánto pagamos. ¿No es así, hermana?”

“Exacta y absolutamente … “, murmuró la otra, que evidentemente pensó que iba con una frase de retraso y que debería quitarse esa obligación antes de contraer nuevas responsabilidades; pero la más bajita la interrumpió de nuevo y ella se retiró de la conversación.

“¿Lo averiguarías para nosotras, cariño?”, suplicó la ancianita.

“Sabes aritmética, ¿no?”, dijo su tía un poco nerviosa, al ver a Clara ir de un bloc a otro, tratando en vano de recordar otra vez. Su mente estaba en blanco y toda expresión humana había desaparecido de su cara.

Se produjo un oscuro silencio.

Un Cuento Enredado

Las soluciones a los nudos (acertijos) se pueden leer en la publicación de EDEL o puede ver el apéndice (en inglés).

Comentarios Facebook

Este sitio utiliza cookies. Conozca más sobre las cookies