NUDO V: CEROS Y CRUCES


Mira aquí, este cuadro y éste otro

“¿Y qué te hizo elegir el primer tren, cielo?”, dijo Mad Mathesis cuando se metieron en el cabriolé. “¿Es que no sabes contar mejor?” .

“Me puse en el caso extremo”, fue su llorosa respuesta.

“Nuestra excelente preceptora suele decir: ‘Siempre que tengo alguna duda, queridas, me pongo en el caso extremo.’ Y yo tenía dudas.”

“¿Y siempre funciona?”, preguntó su tía.

Clara suspiró. “No siempre”, admitió con desgana. “Y no consigo averiguar por qué. Un día le estaba diciendo a las pequeñas … que estaban alborotando durante la merienda, ya sabes … ‘Cuanto más alborotéis, menos mermelada podréis tomar y viceversa.’ Yo pensé que no sabrían lo que significaba ‘viceversa’, así que se lo expliqué. Dije: ‘Si hacéis muchísimo ruido, no tomaréis nada de mermelada, y si no hacéis nada de ruido, tomaréis muchísima.’ Pero nuestra excelente preceptora dijo que no era un buen ejemplo. ¿Por qué no?”, añadió quejumbrosa.

Su tía evadió la pregunta. “Se le puede poner objeciones a eso”, dijo. “¿Cómo se lo aplicaste a los trenes metropolitanos? Creo que ninguno de ellos corre muchísimo.”

“Los llamé liebres y tortugas”, dijo Clara un poco tímida, porque temía que se riese de ella. “Y pensé que no podía haber tantas liebres ni tantas tortugas en la línea, así que me puse en un caso extremo: una liebre y muchísimas tortugas.”

“¡Desde luego es un caso extremo”, observó su tía con una seriedad admirable, “y un estado de cosas muy peligroso!”

“Y pensé: si yo fuese con una tortuga, sólo me encontraría una liebre, pero si fuese con la liebre … ¡hay montones de tortugas, ya sabes!”

“No fue mala idea”, dijo la mayor mientras dejaban el cabriolé a la entrada del Burlington House.

“Hoy tendrás otra oportunidad. Haremos una competición marcando cuadros.”

Clara se animó. “Me encantaría probar de nuevo”, dijo.

“Esta vez tendré más cuidado. ¿Cómo vamos a jugar?”

Mad Mathesis no contestó a esta pregunta. Estaba muy ocupada pintando rayas en los márgenes del catálogo. “¿Ves?”, dijo un minuto después. “He dibujado tres columnas frente a los nombres de los cuadros de la sala larga y quiero que las rellenes de ceros y cruces: las cruces sen positivos, y los puntos, negativos. La primera columna es por el tema; la segunda, por la disposición, y la tercera, por el colorido. Y éstas son las condiciones de la competición. Debes darles tres cruces a dos o tres cuadros; dos cruces, a cuatro o cinco .. .”

“¿Quieres decir sólo dos cruces?”, dijo Clara. “¿O puedo sacar los cuadros con tres cruces de entre los de dos?”

“Por supuesto que puedes”, dijo su tía. “Supongo que puede decirse que cualquier persona que tenga tres ojos, también tiene dos.”

Clara siguió la soñadora mirada de su tía por la atestada galería, deseosa de tener a la vista a una persona con tres ojos.

“Y debes ponerle una cruz a nueve o diez.”

“¿Y quién gana la prueba?”, preguntó Clara, anotando las condiciones en una hoja en blanco de su catálogo.

“La que use menos marcas.”

“Pero supongamos que las dos usamos el mismo número.” “Entonces la que más utilice.”

Clara reflexionó. “Creo que esto no es una prueba en absoluto”, dijo. “Yo marcaré nueve cuadros y le daré tres cruces a tres de ellos, dos cruces a otros dos, y una cruz a cada uno de los restantes.”

“¿Seguro?”, dijo su tía. “Espera hasta que hayas oído el resto de las normas, impetuosa niña. Debes dar tres ceros a uno o dos cuadros; dos, a tres o cuatro, y uno, a ocho o nueve. Ah, y no seas demasiado dura con los de R. A.”

Clara se quedó un poco boquiabierta al escribir todas estas nuevas condiciones. “¡Esto es bastante peor que los decimales circulantes!”, dijo. “¡Pero da igual, estoy decidida a ganar!”

Su tía sonrió con expresión ceñuda. “Podemos empezar aquí”, dijo parándose ante un gigantesco cuadro, que, según decía el catálogo, era el “Retrato del teniente Brown, montado en su elefante favorito”.

“¡Parece terriblemente presumido!”, dijo Clara. “No creo que éste fuese el teniente favorito del elefante. ¡Qué cuadro tan espantoso! ¡Y ocupa el espacio de veinte!”

“¡Cuidado con lo que dices, cariño!”, intervino su tía. “¡Está hecho por un R. A.!”

Pero era bastante imprudente. “No me importa quién lo ha hecho!”, exclamó. “¡Y le vaya poner tres negativos!”

La tía y la sobrina pronto se separaron entre la multitud, y durante la siguiente media hora Clara trabajó duramente, poniendo marcas y borrándolas de nuevo, y buscando por todas partes un cuadro adecuado. Esto fue lo que le pareció más difícil de todo. “¡No puedo encontrar el que quiero!”, exclamó fmalmente, casi llorando de disgusto.

“¿Qué quieres encontrar, querida?” Esta voz era extraña para Clara, pero tan dulce y amable que se sintió en seguida atraída por su dueña, incluso antes de haberla visto. Cuando se volvió, se encontró con los sonrientes rostros de dos ancianas señoras, redondos, con hoyuelos y exactamente iguales y parecía que nunca habían tenido una sola preocupación. Hizo todo lo que pudo, como luego le confesó a su tía, para evitar abrazarlas. “Estaba buscando un cuadro”, dijo, “que tuviera un buen tema, y que esté bien dispuesto, pero mal coloreado.”

Las ancianitas se miraron alarmadas. “Cálmate, querida”, dijo la que había hablado antes, “y trata de recordar cuál era … ¿Cuál era el tema?”

“¿Era un elefante, por ejemplo?”, sugirió la otra hermana.

Todavía estaban ante el teniente Brown.

“¡No lo sé!”, contestó Clara impetuosamente. “¡No me importa nada cuál sea el tema, en tanto en cuanto sea bueno!”

Una vez más, las hermanas se intercambiaron miradas de alarma, y una de ellas le susurró algo a la otra. Clara sólo pudo captar la palabra “loca”.

“Se refieren a la tía Mattie, desde luego”, se dijo, imaginando, en su inocencia, que Londres era como su pequeña ciudad natal, donde todos se conocían. “Si se refieren a mi tía”, añadió en voz alta, “está allí … sólo tres cuadros más allá del teniente Brown.”

“¡Ah, bueno! ¡Entonces será mejor que te vayas con ella, cariño!”, dijo suavemente su nueva amiga. “Ella encontrará el cuadro que tú quieres. ¡Adiós, querida!”

“¡Adiós, querida!”, repitió la otra hermana. “¡Ten cuidado de no perder de vista a tu tía!” Y las dos se marcharon a otra sala, dejando a Clara un poco perpleja ante sus modales.

“¡Son realmente encantadoras!”, dijo ella una vez sola. “¡Me pregunto por qué se compadecieron tanto de mí!” Y siguió dando vueltas, murmurando para sí: “Debo poner dos positivos y … ”

Un Cuento Enredado

Las soluciones a los nudos (acertijos) se pueden leer en la publicación de EDEL o puede ver el apéndice (en inglés).

Comentar en Facebook

comentarios

Este sitio utiliza cookies. Conozca más sobre las cookies