Cuentos de Maravilla

Tío Conejo y Tía Boa


Tío Conejo y Tía Boa

Tío Conejo estaba muy preocupado porque era la tercera vez que había estado en unas de que se lo echara de un bocado tía Boa. La había encontrado hecha una espiral entre el zacatito verde en donde él acostumbraba cenar, y creyéndola dormida no le hacía caso; pero cata que de pronto tía Boa se desenrollaba como por resorte y si no hubiera sido porque tío Conejo tenía buenas piernas, se lo habría tragado.

Se puso a pensar y va de pensar cómo haría para matarla; era tan larga, tan gruesa, que de sólo verla le temblaba el cuerpo. Al fin le vino una idea. Tomó un saco de tela gruesa y se encaminó hacia la casa de tía Boa. Ella vivía en el hueco de un tronco carcomido de un viejo espabel que daba sombra a un ojo de agua. Como si fuera con alguien, al acercarse al árbol se puso a decir, primero en voz alta y luego más baja, diferente a la suya;

—¿A que alcanza?

—¿A que no alcanza?

—¿A que alcanza?

—¿A que no alcanza?

—¿A que sí?

—¿A que no?

—¡Apostemos que sí!

—¡Apostemos que no! —¡Hombre, que sí alcanza! —Hombre, no seas maceta, que tía Boa es más larga que un camino y más gruesa que ese espabel; yo apostaría mi cabeza a que no alcanza.

—¡Pues yo digo que sí alcanza! Al decir la última frase iba llegando tío Conejo a la casa de tía Boa, la cual dormía y a las voces se había despertado. Por fortuna estaba de buen humor, pues tenía en la panza un cariblanco que había bajado al ojo de agua; así es que estaba haciendo la digestión. Asomó la cabeza por el hueco y como viera a tío Conejo le preguntó:

—Idiaí, hombre, ¿qué es esa algazara que traes, que me ha despertado?

Pues, señora, vaya viendo que ese porfiado de mi hermano (al mismo tiempo indicaba con el dedo detrás del árbol hacia unos matones, como si allí estuviera esondido el supuesto hermano) dice que apuesta a que usted no alcanza en este saco (mostró a la vez el saco a tía Boa) y yo le digo que apostemos a que sí alcanza.

—Abre la boca al saco,—dijo tía Boa—, para acomodarme dentro; así se convencerá ese porfiado y tú ganarás la apuesta.

Tío Conejo, mientras tanto, decía para sí: «¡Ay, María Santísima, que no le den ganas a tía Boa de comerme!» Le temblaba todo el cuerpo, pero logró serenarse y abrió el saco, acomodándose en él la tía Boa perfectamente. Sin pérdida de tiempo, tomó tío Conejo una cuerda que llevaba en el bolsillo, amarró con nudo ciego la boca del saco y de un empujón la echó al río.

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