Tía Zorra sirve de caballo a Tío Conejo


Tía Zorra sirve de caballo a Tío Conejo

Tía Ganza invitó a su cumpleaños a todos los animales que vivían en la vecindad.

Alistaron sus vestidos más lindos porque querían presentarse muy bien y además, comportarse como niños educados: no ladrar, no gruñir, no morder, no arañar.

El día de la fiesta saltó Tío Conejo de la cama muy de mañana. Cepilló su pelo, de la cabeza a los pies, cepilló su cola y sus orejas y rizó sus bigotes.

Mirándose al espejo, guiñó un ojo diciéndose: seré el primero de la fiesta.

Se puso el sombrero, y cuando iba a abrir la puerta, oyó ruido de hojas.

¡Hmm! dijo parando las orejas, y entreabriendo la ventana miró. Ahí cerca vio moviéndose la cola de Tía Zorra.

Tío Conejo pensó: — Tía Zorra viene a buscarme para hacerme daño porque está celosa pues sabe que seré el primero: tan cierto es lo que pienso, como que me llamo Tío Conejo.

Se quedó pensando, y luego comenzó a quejarse.

—¡A-a-a-a-ay! – ¡A-a-a-a-ay! – ¡Estoy muy enfermo! ¡Me siento muy mal!

Tía Zorra escuchó. ¿Cómo? Tío Conejo está enfermo? ¿Y mi plan? Tocó la puerta: toe, toe.

—¡A-a-a-a-ay! ¡A-a-a-a-ay! ¿Quién llama a mi puerta?

—Tía Zorra, tu buena amiga que viene a llevarte a la fiesta.

—Gracias, Tía Zorra. Estoy muy mal, no puedo ir.

—Vamos Tío Conejo, pronto estarás bien.

—¡Oh, no! Ye estoy muy enfermo. ¡A-a-a-ay!

Tía Zorra no sabía qué hacer. Caminaba de un lado para el otro pensando … Me lo llevaré y cuando estemos en el puente lo arrojaré al río. Como está tan enfermo se ahogará en un decir amén. Ahora tengo que hacerlo salir de su asa.

Tocó la puerta, otra vez: toe, toe. Con mucha dulzura dijo:

—Tío Conejo, la fiesta no estará alegre si tú no vienes.

Recuerda que te esperan Tía Ganza y sus amigos.

—Pero no puedo ir, no puedo ni caminar, me siento tan mal.

Eso no importa,, porque te llevaré en mis brazos.

—No, me da mucho miedo, me dejarás caer.

—No te dejaré caer, pero si tienes miedo, te llevaré sobre mí espalda.

—Gracias, Tía Zorra. Siempre tengo miedo. Soy un conejito muy enfermo y me puedo caer. Te acompañaré si te pones una montura, porque sé montar sólo caballos ensillados.

A Tía Zorra no le agradó la idea de ser caballo para Tío Conejo, pero no había otro medio de llevarlo.

—Tío Conejo, me pondré una silla de montar y te llevaré, pero eso sí, hasta medio puente, de ahí seguirás con tus píes.

—Bien, te lo agradezco. Tal vez cuando lleguemos al puente me sienta mejor. Corrió Tía Zorra a ensillarse, y mientras tanto buscó Tío Conejo un par de espuelas, cogió un ramo de flores, tomó su banjo y se envolvió en una cobija de franela.

Cuando oyó venir a Tía Zorra galopando salió a la puerta. Ahí venía como un caballito de circo.

—Deja esa cobija y ven a montarte. —No quiero dejarla porque estoy temblando y puedo pescar un resfriado. Y de un salto Tío Conejo se montó en Tía Zorra. Y antes de que caminara, le dijo:

—Camina despacio, piensa que estoy muy enfermo y que si corres puedo morir en el camino.

-Descuida, que caminaré con paso fino. Ya se hacía largo el camino cuando vieron el río a lo lejos. Pocos minutos después llegaron al puente.

En medio puente Tía Zorra dijo: —Hemos llegado.

—Espérame un momento, agregó Tío Conejo, y rápidamente se colocó las espuelas.

En el instante en que Tía Zorra fue a inclinarse para arrojar al conejito al agua sintió las espuelas en su cuerpo y oyó los gritos de Tío Conejo:

—¡Arre caballito! ¡Arre! ¡A llegar a tiempo a la fiesta!

Tía Zorra no pudo hacer más que trotar y trotar porque las punzadas de las espuelas le eran muy dolorosas.

Tío Conejo iba muy alegre, con el sombrero en la mano, gritando: ¡güipipía! ¡güi-pipía!

Cuando se acercaban a la casa de Tía Ganza los animales que los vieron venir exclamaron: ¡Vean a Tío Conejo montado en Tía Zorra! ¡Bravo Tío Conejo!

Bajó Tío Conejo de su cabalgadura, saludó con una reverencia, obsequió el ramo de flores a Tía Ganza, y dirigiéndose a los animales les dijo:

Excúsenme un momentito, mientras ato mí caballo.

Luego vino a sentarse entre los animales que lo recibieron con muestras de admiración, y tomando su banjo entonó este canto:

Aquí vine señores,
en un caballo fino,
en Tía Zorra montado,
no he sentido el camino.
Tra la la la
que buen caballo tengo,
tra la la la
que buen jinete soy.

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