Tío Conejo engaña al Rey


Tío Conejo engaña al Rey

Una vez hubo una gran sequía. Los animales se morían de sed. Solamente había agua en un lago que se encontraba en medio del bosque. Ahí sí había bastante, como para saciar la sed de todos los animales.

Pero sucedió que el León, su rey, se adueñó del lago y se cogió toda el agua.

De rato en rato, corría por entre los árboles, sacudiendo su melena y dando espantosos rugidos que hacían temblar a todos las animales. Y pobrecito del que osara acercársele, estaba seguro de morir entre sus garras.

A medida que pasaban los días, los anímales tenían más sed y ya no encontraban frutas en el bosque.

Tanta sed tenía Tío Conejo que mordía y chupaba los troncos de los árboles y, .por la; noches se tendía de espaldas, con la boca abierta, esperando que cayeran gotas de rocío y humedecieran su garganta.

Tío Conejo se estaba enloqueciendo. Yo quiero un trago de agua —se dijo— y voy a tomarlo; el Rey no puede detenerme.

Saltando, saltando, se entró en el bosque y estando cerca del lago saltó silencioso, y miró a su alrededor. Ahí estaba dentro del agua bañándose el León, y Tío Conejo miró con envidia las gotas de agua que se desprendían de su melena.

—¿Cómo es posible que el León tenga agua para bañarse y nosotros no tengamos ni una gota para beber?

Y la mente de Tío Conejo comenzó a trabajar. Por mucho rato pensó y pensó…

Se dijo:

—”Tengo que hacer salir al León del agua y después atarlo, y eso no es fácil. ¡Qué va a ser fácil!”

Tío Conejo estuvo largo rato dándole vueltas a la idea. De pronto observó el viento moviendo las ramas y levantando las hojas. Y fue entonces cuando vio claro; ya sabía lo que debía hacer.

En escapada fue a su casa y regresó con una cuerda muy larga y resistente. Ya estaba listo. Dio un gran suspiro y comenzó a correr y a correr, y corriendo se acercó al lago gritando:

—¡Oooooo! ¡Oooooo! ¡Vean! ¡Vean!

—¡Aló! Tío Conejo, ¿qué es lo que pasa? ¿y qué piensa hacer con esa cuerda tan larga?—dijo el León.

—Voy en este mismo instante a atarme a un árbol de roble, porque no quiero que me lleve el huracán que allá viene, arrastrando árboles piedras, animales y todo lo que encuentra en el camino. Señor Rey, le aconsejo que haga usted lo mismo. Escuche: ¿no oye silbando el huracán que ya se acerca?

—Una tormenta huracanada, quieres decir.

El León miró los árboles que se movían con fuerza y las hojas volando por los aires. Dijo a Tío Conejo.

—No tengo cuerda para atarme. ¿Que voy a hacer?

—Lo mejor que usted puede hacer es correr; corra, corra lo más que pueda.

—Soy demasiado grande y ya estoy viejo para correr.

—Haga un hoyo y se entierra.

—Eso coge mucho rato y no queda tiempo.

—Bien, yo creo que usted no podrá hacer nada. Siéntese en el agua y espere a que el huracán llegue y lo lleve lejos, muy lejos.

—Tío Conejo comenzó a hacer que se ataba a un árbol.

El león escuchó cómo el viento se oía venir soplando con más fuerza y se llenó de espanto.

—¡Dame un pedacito de tu cuerda, Tío Conejo, y átame bien a un árbol! ¡Yo soy el rey y no debo morir!

Esto era lo que el malito de Tío Conejo se quería. Ató al león tan bien, que ni cincuenta elefantes habrían podido soltarle.

Ya está hecho, – se dijo -, y fue al lago y tomó un gran trago de agua, y después otro, y otro, hasta no querer más. En seguida, sentado en sus patas traseras, se quedó mirando al león. Este lo miró a su vez y se dio cuenta de que Tío Conejo no tenía ninguna intención de atarse. Miró los árboles. Ahora se movían gentilmente. Comprendió que se había dejado engañar por Tío Conejo.

Dio entonces tan espantosos rugidos que todos los animales se acercaron pensando que algo malo le había pasado a su Rey

Tío Conejo de un salto llegó donde ellos y les dijo:

—Venid mis amigos, el lago es libre, y el Rey está seguro. ¡Bebed el agua!

Todos los animales se fueron acercando, los más grandes y los más pequeños. Bebieron el agua que saborearon con delicia y pensaron que el animal más inteligente entre ellos era Tío Conejo, que se había burlado del mismo Rev.

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