Tío Conejo y los Pavos de Tío Oso


Tío Conejo y los pavos de Tío Oso

Una vez Tío Cono, sentado a la sombra de un manzano, tocaba su flauta para olvidar el hambre que le hacia desfallecer. No quería molestarse en buscar algo que comer, porque era más lindo para él, oír el canto de los pájaros y el murmullo de las aguas en la música de su flauta.

A lo lejos vio a Tío Oso y se dijo:

—¡Allá viene Tío Oso! ¿Qué intenciones se traerá?

—¡Hola! ¿Adonde va mi Tío Oso con ese leño y ese saco tan enorme?

—¡Oh Tío Conejo! ¡Todo lo quieres saber! Voy con este leño y este saco enorme porque cazaré en el bosque tantos animales, como que volveré con el saco lleno. Ya sé lo que piensas, pero, para el Tío Conejo a quien puedo comerme de un bocado, para el inocente Tío Conejo que cree que puede engañarme, no traeré nada; nada. Y ya lo sabes, por no perder tiempo no te cazo para cenarte esta noche. Lo haré después, ¡aunque eres tan poca cosa!: y espero, que para entonces estarás muy gordito.

—¡Lo veremos. Tío Oso!, buen viaje, y hasta la vuelta.

Tío Conejo estuvo entretenido todo el día tocando la flauta y pensando, pensando… ¿Qué haré para participar de la caza de Tío Oso?

Ya era muy tarde cuando Tío Conejo cortó una ramita del manzano y se hizo una flecha. Después, del alto del árbol vio venir a Tío Oso con el saco sobre sus espaldas, caminando, caminando. Bajó rápidamente, se quitó sus vestidos, y desnudo se tendió en el camino colocándose la flecha en el corazón.

Cuando Tío Oso lo encontró, dijo: —¡Oh!, un conejo muerto; y está gordito. ¡Qué lástima!, traigo tantos pavos en mi saco que ya no queda espacio para este conejito.

Y Tío Oso siguió despacio, caminando, caminando.

Apenas Tío Conejo perdió de vista, corrió y corrió y adelantándose volvió a tenderse en el camino con la flecha en el corazón.

Cuando de nuevo lo encontró Tío Oso dijo sorprendido:

—El segundo conejo muerto, y está calientito y gordo, como el otro. Iré por el primero, ataré los dos con una cuerda y los llevaré a mi casa.

Ahí dejó su saco y se devolvió a traer el conejito.

Mientras tanto, Tío Conejo se vistió, y tomando el saco se alejó en el bosque, gozando: porque había logrado engañar a Tío Oso y porque esa noche tendrían rica cena en su casa.

No encontró Tío Oso ningún conejo, y nunca ha podido comprender como desaparecieron dos conejos y su saco lleno de tantos pavos como había logrado cazar en el bosque.

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